lunes, 15 de septiembre de 2014

Definición de burnout.


Si bien se trata de un Síndrome reconocido recientemente, no existe unanimidad al definirlo, lo que habla de la riqueza de las investigaciones y la importancia del tema. Conocer las distintas versiones nos ayudará a conocer más. Si bien existe esta gran diversidad, no es lo mismo a la hora de medirlo.


Uno de los temas fundamentales tratados en el estudio del burnout ha sido su definición, as como diferentes aportaciones conceptuales a la comprensión del burnout que, como ya vimos anteriormente, se ha presentado y se sigue presentando con diferentes obstáculos por la dificultad de conceptualizar un proceso complejo como es este síndrome, así como porque su similitud, cuando no igualdad, con el concepto estrés aplicado a las organizaciones (estrés laboral) ha supuesto cuestionar continuamente el constructo. Starrin, Larsson y Styrborn señalan que un aspecto importante del burnout es que instintivamente todos saben lo que es, aunque la mayor ía puedan ignorar su definición; así el discernimiento en la literatura sobre el síndrome acerca de su definición tiene que ver con la discusión sobre el papel que tiene la sociedad y las condiciones sociales que producen este fenómeno. Estos autores parten de que el burnout afecta de forma individual a una sociedad abstracta. Con un planteamiento más radical Grebert entiende el burnout "como una construcción cultural que permite a los profesionales de la relación de ayuda manifestar cuáles son sus sufrimientos y dificultades", llegando a conceptualizarlo como un planteamiento defensivo de la profesión.

En el inicio Freudenberger describe el burnout como una "sensación de fracaso y una existencia agotada o gastada que resultaba de una sobrecarga por exigencias de energías recursos personales o fuerza espiritual del trabajador", que situaban las emociones y sentimientos negativos producidos por el burnout en el contexto laboral, ya que es éste el que puede provocar dichas reacciones. El autor afirmaba que el burnout era el síndrome que ocasionaba la "adicción al trabajo" (entendiéndola, según Machlowitz (1980), como "un estado de total devoción a su ocupación, por lo que su tiempo es dedicado a servir a este propósito"), que provocaba un desequilibrio productivo y, como consecuencia, las reacciones emocionales propias de la estimulación laboral aversiva.

Pines y Kafry definen el burnout "como una experiencia general de agotamiento físico, emocional y actitudinal" que posteriormente tendría un desarrollo más completo y que influiría en los planteamientos teóricos de diversos autores, como veremos. Posteriormente, Dale es uno de los que inician la concepción teórica del burnout entendiéndolo como consecuencia del estrés laboral y con la que mantiene que el síndrome podría variar en relaci ón a la intensidad y duración del mismo. Freudenberger  aporta otros términos a la definición, así ya habla de un "vaciamiento de sí mismo" que viene provocado por el agotamiento de los recursos físicos y mentales tras el esfuerzo excesivo por alcanzar una determinada expectativa no realista que, o bien ha sido impuesta por él, o bien por los valores propios de la sociedad. El trabajo como detonante fundamental del burnout va a ser básico en todas las definiciones posteriores. Cherniss es uno de los primeros autores que enfatiza la importancia del trabajo, como antecedente, en la aparición del burnout y lo define como "cambios personales negativos que ocurren a lo largo del tiempo en trabajadores con trabajos frustrantes o con excesivas demandas". El mismo autor precisa que es un proceso transaccional de estrés y tensión en el trabajo, tensión en el trabajo y acomodamiento psicológico, destacando tres momentos:
·      Desequilibrio entre demandas en el trabajo y recursos individuales (estrés).
·      Respuesta emocional a corto plazo, ante el anterior desequilibrio, caracterizada por ansiedad, tensión, fatiga y agotamiento (tensión)
·      Cambios en actitudes y conductas (afrontamiento defensivo).

Con esta conceptualización, el autor ser á uno de los defensores iniciales de la importancia de las estrategias de afrontamiento como mediadoras en el proceso que conduce al trastorno.

Otros autores que aportan una definición de burnout en esta misma línea son Edelwich y Brodsky (1980), que lo definen "como una pérdida progresiva del idealismo, energía y motivos vividos por la gente en las profesiones de ayuda, como resultado de las condiciones del trabajo" Proponen cuatro fases por las cuales pasa todo individuo con burnout:
1.-Entusiasmo, caracterizado por elevadas aspiraciones, energía desbordante y carencia de la noción de peligro.
2.-Estancamiento, que surge tras no cumplirse las expectativas originales, empezando a aparecer la frustración.
3.-Frustración, en la que comienzan a surgir problemas emocionales, físicos y conductuales. Esta fase sería el núcleo central del síndrome.
4.-Apatía, que sufre el individuo y que constituye el mecanismo de defensa ante la frustración.

En esta misma época, Gillespie intentando resolver la ambigüedad definicional, que según el autor existe, clasifica al burnout según dos tipos claramente diferenciados: burnout activo, que se caracterizaría por el mantenimiento de una conducta asertiva, y burnout pasivo en el que predominarían los sentimientos de retirada y apatía. El activo tendría que ver, fundamentalmente, con factores organizacionales o elementos externos a la profesión, mientras que el pasivo se relacionar ía con factores internos psicosociales. El autor abre, de esta forma, la posibilidad de la existencia de varias manifestaciones del burnout que, posteriormente, otros autores retomarían para intentar explicar la complejidad del síndrome.

En 1981, Maslach y Jackson entienden que el burnout se configura como "un síndrome tridimensional caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y reducida realización personal". Siguiendo a Sarros, podemos entender las tres dimensiones citadas de la siguiente manera

*          Agotamiento emocional: haría referencia a las sensaciones de sobreesfuerzo físico y hastío emocional que se produce como consecuencia de las continuas interacciones que los trabajadores deben mantener entre ellos, así como con los clientes
*          Despersonalización: supondría el desarrollo de actitudes y respuestas cínicas hacia las personas a quienes los trabajadores prestan sus servicios
*          Reducida realización personal: conllevaría la pérdida de confianza en la realización personal y la presencia de un negativo autoconcepto como resultado, muchas veces inadvertido, de las situaciones ingratas

Esta definición, que no se aparta de la asunción de las variables del trabajo como condicionantes últimos de la aparición del burnout, tiene la importancia de no ser teórica, sino la consecuencia empírica del estudio que las autoras habían ido desarrollando (Maslach y Jackson).

En el mismo periodo de tiempo, Pines, Aronson y Kafry (1981) definen el burnout como "un estado de agotamiento físico, emocional y mental causado por estar implicada la persona durante largos periodos de tiempo en situaciones que le afectan emocionalmente". Esta definición, que también tiene un soporte empírico dará lugar, al igual que en el caso de Maslach y Jackson (1981), a un inventario para la evaluación del síndrome, aunque presenta la ventaja de no circunscribir exclusivamente el burnout en el contexto organizacional. Introducen el término "tedium" para diferenciar dos estados psicológicos de presión diferentes. Para ellos burnout sería resultado de la repetición de la presión emocional, mientras que tedium sería consecuencia de una presión crónica a nivel físico, emocional y mental. El constructo tedium, por tanto, sería más amplio que el de burnout. En concreto, Pines y Kafry (1978) habían planteado que el tedium "se caracteriza por sentimientos de depresión, vaciamiento emocional y físico y una actitud negativa hacia la vida, el ambiente y hacia sí mismo, y ocurriría como resultado de un evento vital traumático súbito y abrupto, o como resultado de un proceso lento y gradual diario de "machaque". Como puede comprobarse el tedium no sólo es un constructo más amplio, sino que además trasciende al ámbito organizacional y permite la posibilidad de aparición del síndrome ante cualquier evento o proceso suficientemente aversivo que cumpla la anterior caracterización.

De otra parte, burnout, según estos mismos autores, sería el síndrome que padecerían los profesionales de los trabajos relacionados con servicios humanos, mientras que tedium quedaría para describir a las demás profesiones (si nos centramos en el contexto organizacional). La relevancia de esta diferenciación radica en que es la primera vez que el burnout no se circunscribe a unos determinados trabajos, sino que se amplía aunque, como indican Maslach y Jackson (1984), las profesiones de "ayuda humana" han sido el origen del estudio acerca del burnout y, por tanto, las que más investigaciones han generado y donde m ás resultados se han ofrecido para la explicación del síndrome. A pesar de todo el desarrollo teórico, Pines et al (1981), Burke y Richardsen (1991) no aprecian la diferenciación entre burnout y tedium, ya que para estos autores ambos conceptos son idénticos en términos de definición y sintomatología.

A partir de estas dos definiciones no surgen ya prácticamente conceptualizaciones teóricas originales del burnout, pasándose a un intento de comprensión del síndrome mediante los resultados obtenidos en diversas investigaciones, que posteriormente describiremos. Parece que se admite fundamentalmente la definición de Maslach y Jackson (1981), no habiendo tenido tanta repercusión la de Pines et al (1981). Por tanto, las siguientes definiciones que se aportan suelen girar en torno a la ofrecida por las autoras, y la asunción de la relación estrecha entre estrés ocupacional y burnout es aceptada casi un ánimemente. Emener, Luck y Gohs (1982) indican que todas las definiciones que se habían aportado de burnout hasta ese momento lo que hacían era describir el "síndrome del carbonizado", como ellos denominan a los individuos que padecen este problema. De ahí, que en la actualidad una traducción libre de burnout sea la de "quemado", cuando realmente lo que se está reflejando es una situación cualitativamente más grave ("carbonizado"). Estos mismos autores plantean que burnout tal vez pueda ser descrito como el estado mental y físico resultante de los efectos de debilitamiento experimentados por sensaciones negativas prolongadas, relacionadas con el trabajo y el valor que le merece al empleado el "cara a cara" del trabajo y de los compañeros.

Posteriormente, Martin (1982) sugiere que "el burnout refleja una respuesta al estrés y secundariamente a la depresión como síndrome específico", abriendo la reflexión sobre la íntima relación que puede existir entre burnout y depresión, lo que supone un nuevo problema conceptual puesto que ya no es sólo la similitud entre los constructos burnout y estrés, sino también con depresión.

Perlman y Hartman (1982), compilando las diversas conceptualizaciones utilizadas hasta ese año para definir burnout, encuentra los siguientes tópicos: fracasar y estar agotado, respuesta a un estrés crónico, y síndrome con actitudes inapropiadas hacia los clientes y hacia sí mismo, asociado con síntomas físicos y emocionales, todo ello provocado por una estimulación negativa del trabajo y la organización hacia la persona que desempeña su labor profesional. Este planteamiento se va a acentuar posteriormente. Cunningham (1983) reitera la misma definición que Pines et al (1981), encabezando una serie de autores que se inclinarían más hacia esta acepción del burnout, frente a los que se decantan por la definición de Maslach y Jackson (1981). A pesar de que hasta ese momento parecen existir líneas de definición aceptables, Smith y Nelson (1983b) concluyen que "obviamente no es posible ofrecer una definición concisa del fenómeno", en clara referencia a la complejidad del constructo que se intenta conceptualizar. Elliot y Smith (1984), partiendo de que el burnout podría ser un rasgo de personalidad, entienden que en el proceso del síndrome hay que buscar el equilibrio que se ha perdido, planteando que puesto que la recognición del cambio es la fórmula para afrontar el burnout, habrá que partir de la siguiente ecuación:

Susceptibilidad Individual + Sobrecarga = Burnout.

Se puede apreciar que no se alejan de las proposiciones de otros autores sino que pero intentan operativizarlas. Farber (1984) define el burnout como "manifestaciones conductuales de agotamiento emocional y físico derivadas de eventos situacionales estresantes por no encontrar las estrategias de afrontamiento efectivas", continuando con los planteamientos establecidos hasta ese momento, pero añadiendo un aspecto importante para la comprensión del síndrome: las estrategias de afrontamiento inadecuadas actuar ían como mediadoras entre los eventos estresantes y las manifestaciones de agotamiento emocional y físico

Haciendo especial hincapié en los trabajos de "servicios humanos", Shinn, Rosario, March y Chestnust (1984) entienden el burnout como "tensión psicológica resultante del estrés en el trabajo de servicios humanos", asentándose cada vez más el estrés laboral como antecedente necesario para la aparición del síndrome. Desde este mismo planteamiento, Nagy señala que el burnout "describe un gran número de manifestaciones psicológicas y físicas evidenciadas en trabajadores empleados en profesiones consideradas de interacción humana", añadiendo que burnout y estrés podrían ser conceptos similares y que burnout sería un tipo específico de estrés. Grantham (1985), desde una perspectiva puramente psiquiátrica, entiende que los factores estresantes del burnout no son siempre claramente identificables; sí, en cambio, los relacionados con problemas de personalidad, depresión y ansiedad. Partiendo de estas premisas, plantea la siguiente categoría diagnóstica del burnout:
-Eliminar la presencia de una identidad biológica.
-Eliminar la posible existencia de otro síndrome psicopatológico.
-Reconceptualizar el síndrome como una entidad englobada en "problemas de adaptación".
Para el autor, por tanto, el burnout es un síndrome de adaptación que tendría unas características que lo diferenciaría de otros síndromes.

Walker (1986), que había señalado que el burnout "se caracteriza por la existencia de determinadas respuestas a un prolongado, inevitable y excesivo estrés en situaciones de trabajo", dejaba abierta la posibilidad de que el síndrome pueda ser experimentado por cualquier trabajador, independientemente de su contexto laboral específico. Por último, Kyriacou (1987) retoma la definición de Pines et al y defiende que es la mejor concepción de síndrome para su aceptable comprensión.

Cuando parece que la definición de burnout se va perfilando, Garden (1987) expone la idea de que una definición de burnout es prematura pues existe ambigüedad en la realidad del síndrome que la investigación conocida hasta el momento no ha permitido aclarar. Un año antes, Smith, Watstein y Wuehler, concluían que el burnout describía un sutil patrón de síntomas conductas y actitudes que es único para cada persona, haciendo muy difícil que se pueda aceptar una definición global del síndrome.

Poco después Shirom (1989), que es más optimista que los autores anteriores ante e constructo, plantea que "el burnout es consecuencia de la disfunción de los esfuerzos de afrontamiento, con lo que al descender los recursos personales aumenta el síndrome" retomando la variable afrontamiento como determinante en la comprensión del burnout.

Hiscott y Connop vuelven a la línea clásica en cuanto a la definición del burnout y lo entienden como "un indicador de problemas de estrés relacionados con el trabajo". De hecho, a partir de finales de la década de los ochenta es cuando la definición de Maslach y Jackson reaparece con mucha más fuerza. Por otra parte, el estrés ocupacional adquiere el papel fundamental que en los años ochenta ya se había manifestado. Así, Greenglass, Burke y Ondrack, tras diferenciar estrés vital (concepto general que se refiere al estrés acumulado por los cambios vitales en el hogar y/o en el trabajo) y estrés laboral (que se refiere al estrés específico generado en el trabajo o por los factores relacionados con el mismo), encuadra el burnout en este último.

Sin embargo, Starrin, Larsson y Styrborn matizan que mientras el estrés puede ser experimentado positiva o negativamente por el individuo, el burnout es un fenómeno exclusivamente negativo. De ah í que algunos autores planteen la relación entre ambos constructos en el sentido de que el burnout podr ía ser similar a un estrés negativo. Oliver, Pastor, Aragoneses y Moreno igualan burnout a estrés laboral asistencial, volviendo estos autores a circunscribirse en profesiones con determinadas interacciones humanas. También García Izquierdo señala el burnout como característico de profesiones de "servicios humanos", y lo entiende como consecuencia de un prolongado y creciente estrés laboral y, por tanto, sería equiparable a la tensión que un individuo siente como consecuencia de las demandas físicas y psicológicas que el propio puesto de trabajo genera, o como resultado de un desajuste entre el trabajador y su entorno laboral. Moreno, Oliver y Aragoneses lo definen como "un tipo de estrés laboral que se da principalmente en aquellas profesiones que suponen una relación interpersonal intensa con los beneficiarios del propio trabajo".

Muy similar a esta definición encontramos la de Ganster y Schanbroeck (1991): "el burnout es de hecho un tipo de estrés, una respuesta afectiva crónica como consecuencia de condiciones estresantes del trabajo que se dan en profesiones con altos niveles de contacto personal" Esta respuesta podría estar relacionada con las estrategias de afrontamiento de la persona, según Leiter (1991b). El autor considera el burnout como una función del patrón de afrontamiento del individuo, que está condicionado por las demandas organizacionales y los recursos exigidos. El síndrome incluiría una interacción compleja de factores cognitivos con respecto a las atribuciones causales concernientes al trabajo y a las aspiraciones de progreso profesional. En esta misma línea, Kushnir y Melamed lo definen como "el vaciamiento crónico de los recursos de afrontamiento, como consecuencia de la prolongada exposición a las demandas de cargas emocionales", con lo que se va asentando una corriente de estudios que enlazan burnout y estrategias de afrontamiento que, como vimos, ya había presentado antecedentes investigadores. De hecho, Wallace y Brinkerhoff señalan que paradójicamente la despersonalización, como dimensión del burnout, sería propiamente una estrategia de afrontamiento conducente a combatir el síndrome, abriendo aún más la necesidad de una línea de investigación en este sentido.

Tras la anterior unanimidad en la concepción del burnout, la mayoría de autores utilizan el Maslach Burnout Inventory como instrumento de medida del burnout para sustentar sus diversos resultados, y donde la definición de estas autoras está implícita, cuando no es claramente explícita, en los diversos trabajos de investigación que se están desarrollando. Sin embargo Burke y Richardsen, como ya hiciera Garden, plantean que no existe acuerdo en la definición de burnout a la que llegan los distintos autores que están investigando el síndrome y que, por tanto, se necesitan más trabajos de investigación que ayuden a una mejor comprensión de este fenómeno.

García Izquierdo y Velandrino, que un año antes había dado su propia definición, plantean ahora que "tras casi 20 años desde la aparición del término burnout no hay una definición unánimemente aceptada". De hecho, Grebert incide en que la descripción sintomática del síndrome varía según los autores que lo estudian. Leiter distancia el burnout del estrés laboral y lo define "como una crisis de autoeficacia". Nagy y Nagy señalan, por otra parte, que el concepto burnout se ha convertido en un "llamativo descriptor del estrés laboral", señalando que se ha popularizado tanto que quizás se ha perdido el origen del mismo. Moreno y Oliver retoman la relevancia del afrontamiento e indican que el burnout "sería la consecuencia de un afrontamiento incorrecto de trabajo de asistencia y de las preocupaciones ligadas a él".

Castellón, Albadalejo y García Izquierdo plantean la concepción del burnout centrada exclusivamente en el agotamiento emocional. Por último, Ayuso y López, siguiendo la definición de Pines et al, definen el burnout como "un estado de debilitamiento psicológico causado por circunstancias relativas a las actividades profesionales que ocasionan síntomas físicos, afectivos y cognitivo -afectivos", precisando que "e síndrome de desgaste sería una adaptación a la pérdida progresiva del idealismo, objetivos y energías de las personas que trabajan en servicios de ayuda humana, debido a la difícil realidad del trabajo", concepción que deducen de la definición de Edelwich y Brodsky.

En suma, del recorrido realizado hasta aquí podemos consensuar varios aspectos que nos ayudan a delimitar el concepto de burnout y, por tanto, a comprenderlo mejor

-Parece claro que el burnout será consecuencia de eventos estresantes que disponen al individuo a padecerlo. Estos eventos serán de carácter laboral, fundamentalmente, ya que la interacción que el individuo mantiene con los diversos condicionantes del trabajo son la clave para la aparición del burnout

-Es necesaria la presencia de unas "interacciones humanas" trabajador-cliente, intensas y/o duraderas para que el síndrome aparezca. En este sentido, se conceptualiza el burnout como un proceso continuo que va surgiendo de una manera paulatina y que se va "instaurando" en el individuo hasta provocar en éste los sentimientos propios del síndrome.

-No hay acuerdo un ánime en igualar los términos burnout y estrés laboral, pero sí cierto consenso en asumir la similitud de ambos conceptos; sin embargo, definiciones como la de Freudenberger, Maslach y Jackson o Pines, Aronson y Kafry parecen indicar que existen matices que les hace difícilmente iguales. De hecho, recientemente Singh, Goolsby y Rhoads concluían que burnout y estrés laborales son constructor claramente diferentes.

-Tras la definición de Freudenberger, en la que planteaba una "existencia gastada", y tras las aportaciones de Maslach y Jackson con la tridimensionalidad del síndrome: agotamiento emocional, despersonalización y reducida realización personal, o las que hacen Pines et al con el triple agotamiento: emocional, mental y físico, pocas han sido las aportaciones originales a la definición del burnout, girando todas las aportadas sobre estas tres, incluyendo matices propios del contexto en el que se iban desarrollando las investigaciones y no alterando sustancialmente las originales.

-Por último, aunque algunos autores han señalado la falta de consenso a la hora de dar una definición de burnout, el hecho de que el Maslach Burnout Inventory, planteamiento empírico que justifica la definición de Maslach y Jackson, haya sido utilizado de forma casi unánime por los distintos autores para la realización de sus investigaciones, como veremos en un capítulo posterior, nos hace pensar que sí existe cierto consenso en afirmar que la conceptualización más aceptada de burnout es la que ofrecen estas autoras.


Extraído de:
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz

lunes, 8 de septiembre de 2014

Agotamiento profesional: ¡mucho más que un síndrome!


Es destacable la frase del autor “cualquier enfermedad, más que un mito, es una realidad a ser indagada, susceptible de interrogación mediante un método científico y de innovación y desarrollo en pos de su curación y, mejor aún, de su prevención” ¿Debemos preocuparnos por el enfermo o por las condiciones laborales que lo llevaron a esa situación? ¿El burnout se limita a una “fatiga profesional”?


Un primer punto al considerar las implicaciones de este análisis es que la salud es la expresión tanto individual como colectiva de bienestar y de capacidad funcional, tal expresión difiere según las creencias, valores, representaciones sociales y devenir de cada cultura, y que la enfermedad no está ligada únicamente a los síntomas relatados por un paciente o los signos que busca un médico, siendo independiente de la posesión de un carnet o del ejercicio de un derecho de aseguramiento a un sistema de salud. Aceptado esto, cualquier enfermedad, más que un mito, es una realidad a ser indagada, susceptible de interrogación mediante un método científico y de innovación y desarrollo en pos de su curación y, mejor aún, de su prevención.

Un segundo punto es que el burnout no es un término periodístico, ni tampoco vino strictu sensu de la psicología laboral, ni tampoco es una desadaptación. Desde una perspectiva estrictamente biomédica, el burnout difiere en sí mismo de una depresión o una psicosis maniaco-depresiva, por citar dos ejemplos, así parezca tener los mismos síntomas. Pero el mero ejercicio de buscar motivos o de indagar condiciones del propio empleo, de su sitio de trabajo y del entorno social en el cual vive un sujeto con burnout van más allá del estado de ánimo que pueda experimentar, o de su contacto con la realidad: la verdadera situación que debería preocupar a aseguradores en salud y tomadores de decisiones en Salud Pública es que no pueden cambiar de buenas a primeras una infraestructura hospitalaria o de servicios de salud ni un sistema de aseguramiento, ni un sistema de vigilancia epidemiológica.

Desde esta óptica, implica además preguntar por qué tantas excusas médicas se piden por este motivo, y qué de justificación tiene un trabajo dado para primero anunciar burnout, segundo tratarlo y luego compensarlo (permisos, seguros). ¿Cómo afecta eso a las empresas aseguradoras, y cómo se enmarca o encuadra dentro de la noción misma de “riesgo” como posibilidad de ocurrencia de un evento, y de “aseguramiento” como herramienta social y económica para “protegerse contra los problemas que conlleve tal riesgo”? ¿Se podría, siguiendo a Castel, asegurar a la totalidad de la población o sólo a aquél que trabaja, pero con la paradoja de estar éste afectado por burnout y al mismo tiempo ser un individuo, profesional o técnico, desligado de su colega en una sociedad contemporánea? Es claro que el estado actual de estas sociedades (incluyendo las condiciones de trabajo de quienes viven en ellas) implican un desafío para el sistema de salud, en especial para aquellos especialistas dedicados a la atención en salud mental (psicólogos, psicoterapeutas, psiquiatras) debido al incremento de la digitalización, la globalización, los requisitos de educación continua en curso, la agilización y falta de límites de trabajo y el tiempo de ocio.

Un tercer punto a señalar es que una enfermedad, en sí misma, puede tener variantes, manifestaciones que cambian ligeramente entre sujetos y entre grupos humanos. Y que puede parecerse a otras, surgiendo aquí una interrogante: si ejecutado un proceso de diagnóstico diferencial estrictamente médico no se encuentran resultados anómalos desde la biología y persiste el malestar individual, ¿qué ocurre entonces? ¿Significaría, siguiendo a Canguilhem, preocuparse por la enfermedad en sí misma, por las consecuencias que tiene ésta para el individuo, o más bien por aquellas condiciones de trabajo y de entorno que le reducen el margen de tolerancia al sujeto? Devolver al trabajo al sujeto que manifiesta estar enfermo por ese mismo trabajo es aplicar una lógica de “aquello similar cura lo similar”: el argumento de Keresztesi no podría sostenerse, por ejemplo, en el caso de aquellos profesionales y técnicos de salud involucrados en el manejo de un desastre, o en los trabajadores de una planta nuclear siniestrada, o en los voluntarios de salud y los profesores de escuela en quienes originalmente se describió el agotamiento profesional.

Un cuarto punto estriba en la necesidad de establecer qué tanto de físico y qué de emocional tiene el burnout, considerando las diferencias reportadas por sitio de trabajo o profesión, puesto que no todo afectado tiene idénticas manifestaciones. Por ejemplo, el burnout en enfermeras difiere de aquél que padecen los médicos, e incluso parece diferir entre especialidades. La noción de Brooks esconde una noción de riesgo y de “causa necesaria y suficiente” común en la epidemiología “clásica” o “multicausal”. Pero una noción del riesgo es apenas uno entre diversos elementos necesarios para investigar, conceptualizar mejor y prevenir la aparición del agotamiento profesional, o de recuperar a aquellos que ya lo tienen – dada su condición reversible.

Porta, Lahelma o Siegrist, en cambio, mencionan tres conceptos diferentes de enfermedad, pero desde una perspectiva fisiológica, psicológica y socialmente percibida tanto por el sujeto afectado como por la sociedad; por décadas se ha tratado de achacar el burnout al estrés laboral, al “sufrimiento mental”, a la “fatiga por compasión” o al “cansancio a toda hora”. Burnout va más allá de la noción de riesgo, ergo más allá de lo que la epidemiología tiene por definición y alcance (el estudio de los factores de riesgo o protectores que afectan la salud de una población y su modo de prevenirlos o promoverlos), aun cuando ésta resulta ser de vital importancia para la Salud Pública en la actualidad. Para abordar el agotamiento profesional, se requiere incorporar el contexto del trabajo y del entorno, y debe incorporar todos los actores a todos los niveles de una empresa cualquiera y más allá: el nivel del sistema de salud y el nivel político.

Un quinto punto está en la necesidad de comprender cómo los conceptos de salud-enfermedad se ven influenciados o dictados por los sistemas de salud o las políticas de bienestar nacionales, o por las organizaciones multilaterales, o la industria farmacéutica. ¿Puede el burnout ser objeto de migraciones a lo largo de categorías o de clasificaciones, tal como ha sucedido con la homosexualidad, que pasó de ser un “estado” a ser disbalance hormonal, desorden mental orgánico, perversión sexual y ahora a ser elección individual de un sujeto?

Tras examinar lo reportado por Scully o por Moynihan y luego de constatar quiénes son los autores que han generado el mayor número de publicaciones en el tema desde la década de 1980, encontrando que instrumentos de medición como el Inventario de Burnout de Maslach (MBI: Maslach Burnout Inventory) son objeto de regalías de pago obligatorio por reconocimiento de derechos de autor (copyright): ¿puede ser el burnout manipulable como enfermedad a la medida de una sociedad tecnocrática/digital o de una industria farmacéutica, en forma tan cuestionable como lo han sido el síndrome de hiperactividad y déficit de atención o la osteoporosis?



Autor
Agotamiento profesional (burnout): concepciones e implicaciones para la salud pública
Burnout para la salud pública
Omar Segura
Doctorado Interfacultades en Salud Pública, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia
Grupo de Estudios Sociohistóricos de la Salud y la Protección Social, Centro de Historia de la Medicina “Andrés Soriano Lleras”, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia

lunes, 1 de septiembre de 2014

Implicaciones del burnout en salud pública

Publico las conclusiones de un trabajo de investigación sobre los efectos del Burnout en la salud pública ¿Qué consecuencias tiene el burnout para el individuo y su entorno? ¿Cuáles son las líneas de investigación posibles?

Finalmente, las implicaciones del burnout para la salud pública pueden agruparse en dos grandes ítems. El primero consiste en la relevancia de su estudio, que entraña preguntas por la enfermedad en sí misma, por las consecuencias que ésta tiene para el individuo, o por aquellas condiciones de trabajo o de entorno que lo afectan. El segundo, el cómo debe ser tipificado e investigado, no sólo respecto a las posibles preguntas que puede generar, sino a los métodos que pueden ser utilizados para tal fin.

La importancia del estudio del agotamiento profesional en salud pública Presentados estos puntos de análisis y, pese a ser denominado síndrome en cuanto conjunto de signos y síntomas, el burnout debe ser asumido como una enfermedad ya que:
a)  existen condiciones del entorno, del trabajo o condiciones del mismo sujeto (v.g. edad, género) que inciden sobre él mismo, afectándolo negativamente;
b)  es posible caracterizarlo a partir de las percepciones del individuo y las observaciones metódicas de los profesionales de salud, particularmente los médicos, e incluso intentar determinar niveles de gravedad o seriedad;
c)  sus manifestaciones pueden detectarse con instrumentos especialmente diseñados, clasificarse y separarse de otras condiciones parecidas o propuestas, tales como “sufrimiento mental”, “estrés”, “fatiga por compasión” o los síndromes “de cansancio a toda hora” y “fatiga crónica” que no estén relacionados con cáncer o sarcopenia;
d)  afecta uno o más sistemas orgánicos del ser humano -con el agravante de comprometer no sólo la salud mental;
e)  puede tener curación con medios no-farmacológicos o con medicamentos –lo que no previene su recaída;
f) su presencia y sus condiciones predisponentes puede ayudar a un médico a ofrecer un pronóstico, aunque sea basado en la frecuencia de ocurrencia y de recaída de burnout;
g)  ha sido estudiado en un entorno multidisciplinar o transdisciplinar que incluye disciplinas médicas como psiquiatría o epidemiología clínica, ciencias sociales como psicología o ciencias matemáticas y bioestadística;
h)  genera desequilibrio e impotencia en los sujetos en busca de su mejor ideal o perfeccionamiento;
i) profesionales y técnicos de salud afectados trabajan por debajo de su mejor nivel y comodidad, con lo cual puede aumentar la frecuencia de errores de juicio o de procedimiento, que pueden tener consecuencias negativas para sus pacientes y sus familias, para otros usuarios y para sus sitios de trabajo.

Dado que el burnout se ha observado también en actividades profesionales relacionadas con la prestación de servicios de diverso tipo, como salud, transporte o educación, o en profesiones y técnicos de salud, como médicos, enfermeras y odontólogos, es factible considerarlo como un problema de Salud Pública que puede y debe ser investigado.

Líneas de investigación posibles.
Varios autores consultados han sugerido realizar investigaciones en dos sentidos: a) estudios poblacionales de la distribución del burnout por profesiones o estratos; b) estudios de procesos biológicos, morbilidad y mortalidad asociables a burnout.

Estas propuestas corresponden a la noción tradicional de riesgo, que conlleva la de daño (harm) y magnitud del daño, usualmente abordadas por la epidemiología “multicausal”; no obstante, el agotamiento profesional suscita interrogantes que van más allá de la priorización tradicional por magnitud, gravedad o relevancia –pensada originalmente para lidiar con enfermedades infecciosas-, y obliga a superar problemas tales como reducción (sólo un tipo de conocimiento), rigidez secuencial (de lo básico a lo aplicado) o la visión meramente utilitarista (sólo sirve lo aplicable y a la vez rentable). Una alternativa puede estar en los planteamientos que hacen otras corrientes, tales como la epidemiología social, la cual aborda los problemas de salud en función de los denominados “sistemas sociales”, más que los factores de riesgo. Puntualmente, no sólo deben considerarse los efectos de la organización del trabajo sobre las esferas física, mental y social del sujeto como individuo y como parte de un colectivo –usualmente, profesional- sino también cómo está diseñado el ambiente donde pasa la mayor parte del tiempo –lo que incluye procedimientos, equipo, herramientas y sistemas que utiliza y áreas donde labora- y, más importante aún, cómo identificar y prevenir nuevos problemas que emerjan con el tiempo, nociones que se encuentran en diversos planes gubernamentales de salud pública, situación que valida una constante indagación sobre el tema, una línea de investigación y un desarrollo expresado en formas novedosas de prevenir, entender y manejar el burnout como enfermedad.

Una segunda línea de investigación reside en los métodos estadísticos. La mayoría de las investigaciones sobre burnout publicadas en el sector salud se han basado en la descripción, que no en el análisis, lo que implica realizar estudios con carácter multidisciplinar, de mayor alcance en el tiempo y usar otras herramientas, tales como los análisis de tipo multinivel, con el objetivo en mente de delinear mejor lo que el burnout es en realidad, y separarlo mejor de otras entidades nosológicas.
Una tercera línea de investigación podría formarse tanto para estudiar las consecuencias del burnout sobre la fuerza laboral en salud como para estudiar, evaluar e implementar medidas para su prevención: la mayoría del trabajo sobre el tema ha sido descriptiva de la frecuencia, pero no de las acciones o intervenciones asumidas para su prevención y manejo. Tampoco se han estudiado asuntos posiblemente asociables como los costos derivados de un pobre desempeño profesional, del ausentismo, de la rotación de profesionales y técnicos de salud, o los desenlaces en salud de aquellos pacientes atendidos por personal de salud afectado por agotamiento profesional.

Finalmente, una cuarta línea de investigación sobre burnout puede abordar aspectos misceláneos; por ejemplo: a) el carácter independiente o no de cada dimensión del agotamiento profesional (física, emocional, laboral), su tiempo de desarrollo o su secuencia; b) cuáles características emocionales pueden relacionarse con el agotamiento profesional –v.g., frecuencia de contacto interpersonal, severidad de problemas personales, o c) qué características de empleo, del espacio de trabajo y del entorno influyen en su génesis y persistencia. En suma, el agotamiento profesional todavía tiene muchos asuntos por debatir, sus implicaciones en salud pública pueden tener largo alcance, y constituye una oportunidad para desarrollar investigación y reflexión en el ramo, especialmente si un salubrista se preguntase, en términos de aseguramiento o de la garantía de la prestación de servicios en salud o de la investigación y desarrollo, ¿quién cuida a los que cuidan?




Autor
Agotamiento profesional (burnout): concepciones e implicaciones para la salud pública
Burnout para la salud pública
Omar Segura
Doctorado Interfacultades en Salud Pública, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia
Grupo de Estudios Sociohistóricos de la Salud y la Protección Social, Centro de Historia de la Medicina “Andrés Soriano Lleras”, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia

lunes, 25 de agosto de 2014

Antecedentes en el estudio del estrés docente


El Síndrome del Quemado por el trabajo es un enemigo que acecha a los docentes, debemos conocer sobre él ¿En qué momento comenzó a preocupar a la teoría? ¿Qué dimensiones se le reconocen al síndrome? ¿Qué tipo de factores influyen?


En los setentas Herbert Freudenberg psicólogo clínico de la ciudad de Nueva York, es el primer profesional en nombrar y utilizar el término burnout, para referirse a los síntomas que experimentaron tanto él como sus colaboradores mientras ayudaban a personas que tenían problemas con el abuso de drogas. Después de un periodo de sentir cansancio, ira, depresión, Freudenberg llegó a la conclusión que debido al tipo de población con la que él trabajaba, es decir, personas que estaban especialmente necesitadas y que demandaban gran parte de su atención, provocaba que sintiera que no podía dar más de sí. Fue así como en aquella época se utilizó el término burnout para referirse principalmente a los efectos que ocasionaban en las personas cuya labor estaba orientada a trabajar con adictos crónicos a las drogas, de tal manera que las instituciones de sanidad dedicadas a esta labor tomasen las medidas correspondientes para procurar el bienestar físico y mental de su personal.

Posteriormente, Maslach y Pines investigaron este padecimiento desde una perspectiva psicosocial. En el año 1973, mismo año en el que Freudenberg escribe sobre burnout, Maslach presenta un documento a la Asociación Americana de Psicología en el que enfatiza cómo el estrés relacionado con el puesto, puede llevar a una persona a tratar de manera deshumanizada a sus clientes. Para Cristina Maslach el burnout es un síndrome caracterizado por agotamiento emocional y cinismo que se da frecuentemente entre los individuos que están de alguna manera en contacto con las personas. Así como también el desarrollo de actitudes negativas… o despersonalización hacia los clientes y la tendencia a evaluarse negativamente con respecto al trabajo.

Estos autores identifican tres dimensiones o síntomas del burnout: el agotamiento emocional, la despersonalización y la baja realización personal en el trabajo. Concluyen que esos mismos individuos “no tienen nada más que ofrecer” y “no les importa ya”.

Con el interés de desarrollar algún recurso para medir este fenómeno, Maslach y Jackson diseñan el MBI-GS (Maslach Burnout Inventory - General Survey), instrumento que evalúa los tres síntomas del burnout. Al contar con este recurso, surge el interés de estudiar casos similares en otras profesiones, entre las que destaca la actividad docente. Maslach y Jackson hacen las adaptaciones correspondientes del MBI para evaluar el burnout en las diversas profesiones y desarrollan en 1986 el MBI-ES (Maslach Burnout Inventory-Educators Survey) orientado a evaluar el síndrome del burnout en los docentes. El MBI ha tenido gran aceptación por ser el instrumento que evalúa por excelencia los tres componentes identificados del burnout considerados en su definición.

Cherniss y otros analizaron el burnout a partir de los aspectos que se dan en el ambiente de trabajo, pero desde una perspectiva organizacional. Su interés se centró en cómo las organizaciones y sus ambientes socioculturales afectan al trabajador. Destacaron dos factores que influyen en este padecimiento: los cambios sociales y la burocracia existente en los servicios. A este respecto señalan que en las instituciones donde prevalece un ambiente puramente burocrático, es inevitable que surjan problemas entre el personal y los administrativos, de tal manera que el personal tiene que aprender a manipular el sistema con el propósito de llevar a cabo sus funciones.
Cherniss sugiere que algunas de las expectativas de los empleados son irreales, lo que conlleva a que experimenten sentimientos de desilusión, destacando así que el burnout surge principalmente como un desajuste entre lo que el trabajador siente que está ofreciendo y lo que siente que recibe a cambio. Él identificó tres patrones que caracterizan a los individuos que tienen burnout:
1) la pérdida de simpatía y tolerancia hacia los clientes al punto de culparlos por sus propios problemas,
2) la pérdida del sentido de idealismo y optimismo con respecto al cambio, y
3) la búsqueda fuera del área laboral para encontrar satisfacción personal.

En la década de los ochentas, Seymour Sarason se enfocó principalmente en los cambios sociales que surgieron a partir de la Segunda Guerra Mundial. Para Sarason el burnout no es una característica de o en el individuo, sino más bien es un conjunto de características psicosociales complejas que reflejan los aspectos de la sociedad en general. Afirma que después de la Segunda Guerra Mundial los servicios humanos se burocratizaron y aumentó la especialización o profesionalización en el servicio, lo cual originó que surgiera un distanciamiento entre el prestador del servicio y el solicitante de dicho servicio.

El incremento de los servicios acompañados del apoyo gubernamental, ocasionó que las personas creyeran que dichos servicios podían resolver todos los problemas sociales. Con la intervención cada vez más frecuente del gobierno en los servicios y las incesantes demandas por parte de los clientes, cada vez fue más difícil para los trabajadores alcanzar la satisfacción laboral.

Basándose en el trabajo de Sarason, Farber realiza sus estudios iniciales para relacionar el fenómeno de burnout con los cambios que se dan dentro de la familia, en el área laboral y en las estructuras sociales. Enumera una serie de cambios tales como el desmedido énfasis en la producción de comodidades, el crecimiento de grandes organizaciones, el crecimiento y la renovación de la mancha urbana, el aumento en el índice de divorcios, así como el aumento de las relaciones sociales impersonales. Farber, sostiene que a partir de entonces “nuestra sociedad ha fomentado el desarrollo de individuos narcisistas, absortos en sí mismos y manipuladores, quienes exigen una atención y gratificación inmediata” pero que viven en “un estado de inquietud y un deseo permanente de insatisfacción”.

A partir de la década de los noventas, las investigaciones realizadas en torno al burnout se extendieron en toda Europa y América Latina, lo que originó que se hicieran adaptaciones del MBI en diferentes idiomas.

Todas las investigaciones realizadas en torno al burnout han contribuido en gran medida, no sólo en dar a conocer este fenómeno cada vez más común en nuestra sociedad, sino que además en algunos países como España, es reconocido como accidente de trabajo, lo que motiva a algunos países y organizaciones a desarrollar programas para diagnosticar el burnout, así como también desarrollar estrategias de prevención e intervención.



Extraído de:
BURNOUT EN PROFESORES DE VILLAHERMOSA TABASCO: ANÁLISIS CORRELACIONAL CON VARIABLES SOCIODEMOGRÁFICAS Y LABORALES
Flavio Mota Enciso Laura Mollinedo Riveros Alejandra Ordóñez Méndez Iris Marlene Torres Ramírez
Universidad Autónoma de Guadalajara
Campus Tabasco

lunes, 18 de agosto de 2014

El problema del estrés docente


El estrés docente y el burnout son males endémicos entre los docentes, ellos son causa de un muy importante porcentaje de las bajas laborales ¿Qué diferencias se reconocen entre “estrés” y “burnout” ¿Qué síntomas psicosomáticos acarrean?


La tarea docente evoluciona a la par de los cambios sociales. Cada vez se torna una actividad más compleja y las consecuencias de estos cambios afectan a todos los involucrados, particularmente a quienes viven cotidianamente la educación: profesores y alumnos. Si bien los estudiantes representan el foco de atención del proceso educativo, de los maestros depende en buena parte el éxito de esta empresa, pues ellos planean, dirigen y evalúan el desarrollo y desempeño de los estudiantes.

En esta perspectiva, la salud mental del maestro se convierte en piedra angular de la educación. Cuando un docente sufre alguna enfermedad física, un efecto regular es que se ponga en reposo, fuera de la escuela, hasta que esté en condiciones deseables para regresar al aula; pero cuando sufre un problema de salud mental, sobre todo del tipo del estrés, permanece en clase, y muchas veces ni tiene conciencia de su enfermedad, pero las consecuencias se acumulan para él y los alumnos sufren por ello. La síntesis de este problema es expresada por Mouly desde 1978 en las siguientes palabras:
Parece que algunos maestros tienen las manos tan llenas de sus propios problemas que difícilmente puede esperarse que trabajen bien en el desarrollo de sus alumnos. Solo se necesitan uno o dos en cada escuela para echar a pique el programa de higiene mental en ella. El daño hecho por unos pocos maestros que están mejor en el papel de beneficiarios que de orientadores es a menudo tan irreparable como inexcusable.

En el aspecto conceptual el tema de estrés se aborda desde el constructo denominado “burnout” o sensación de “estar quemado por el trabajo”, desarrollado por Freudemberg en 1975. La evaluación se realiza por medio de la encuesta MBI-ES (Maslach Burnout Inventory- Educators Survey), denominada en su versión al español Escala de Maslach, desarrollada por Cristina Maslach y Susan Jackson en 1986.

Para Maslach y Jackson el burnout es “la experiencia de estrés individual que se incrusta en un contexto de relaciones sociales. Por lo tanto envuelve las concepciones que una persona tiene de sí misma y el concepto que los demás tienen de ella”. El modelo multidimensional de Maslach y Jackson incluye tres componentes relacionados entre sí, el estrés experimentado, la evaluación de los demás y la autoevaluación. Dicho en otras palabras, estos autores establecen que la persona que padece este síndrome, experimenta agotamiento emocional (estrés), despersonalización (evaluación de los demás) y la baja realización personal en el trabajo (autoevaluación).

Es de suma importancia identificar la presencia de burnout en los docentes, como un principio para emprender acciones que ayuden a prevenir o corregir las consecuencias que este síndrome provoca tanto para la escuela, para el mismo docente y para la sociedad, empezando con los alumnos y los padres de familia.

El síndrome de burnout ha sido considerado como un mal invisible. Tan solo en la Unión Europea se asocia con el 50% de las bajas laborales. En México, a pesar de que cada vez se presta más atención a la salud mental de los trabajadores, el avance en este tipo de atenciones es casi nulo, en consideración con las consecuencias que puede acarrear dicho mal. Esto es porque el burnout toma fuerza de otras variables biológicas, psicológicas y sociales, que lo disfrazan con algunos malestares físicos o momentos de mal humor.

Desde el punto de vista conceptual, aunque están íntimamente relacionados, no se debe de confundir el término estrés con burnout. A diferencia de un estrés puro, el burnout siempre está asociado a sentimientos de desvalorización y fracaso. El síndrome del burnout se manifiesta bajo unos síntomas específicos psicosomáticos (cansancio, fatiga crónica, frecuentes dolores de cabeza, malestar general, problemas de sueño, contracturas y algias óseo musculares, úlceras y otros desórdenes gastrointestinales, pérdida de peso, taquicardia, hipertensión, etc.); conductuales (mala comunicación, ausentismo laboral, abuso de drogas, incapacidad para vivir de forma relajada, superficialidad en el contacto con los demás, aumento de conductas violentas, trastornos en más o en menos del apetito y la ingesta, distanciamiento afectivo de los clientes y compañeros; emocionales (distanciamiento afectivo como forma de protección del yo, aburrimiento y actitud cínica, impaciencia e irritabilidad, sentimiento de omnipotencia, desorientación, incapacidad de concentración, disminución de la memoria inmediata, baja tolerancia a la frustración, sentimientos depresivos, sentimientos de vacío, agotamiento, fracaso, impotencia, baja autoestima y pobre realización personal); y laborales (detrimento en la capacidad de trabajo, detrimento en la calidad de los servicios que se presta a los clientes, aumento de interacciones hostiles, comunicaciones deficientes, frecuentes conflictos interpersonales en el ámbito del trabajo y dentro de la propia familia).

Para efectos operativos, en este estudio, el estrés es la causa principal del burnout, y es evaluado por medio de la prueba de Maslach, por lo que ambos términos identifican al estrés y se manejan indistintamente. Consideraremos la combinación de los puntajes obtenidos en cada una de las escalas de la encuesta de Maslach como indicadores del nivel de burnout, y éste a su vez como un indicador del nivel de estrés del docente.
Los estudios más recientes han identificado que existen algunas profesiones con más tendencia al síndrome de burnout que otras. Son precisamente las profesiones que pretenden ayudar a las personas. No en vano una de las profesiones en donde se identificó fuertemente por primera vez este tipo de problema es en la médica y posteriormente en los docentes, en donde se ha visto reflejado de manera contundente.
Maslach y Jackson, desde una perspectiva psicosocial, subrayan la dimensión emocional del burnout como forma de respuesta al estrés. Pero sin llegar al punto de condenar al estrés como algo totalmente negativo, pues finalmente todo sujeto hace constantes esfuerzos cognitivos y conductuales para manejar adecuadamente las situaciones complejas o difíciles que se le presentan, por eso no todo el estrés tiene consecuencias negativas; en todo caso, éstas se producen cuando la situación desborda la capacidad de control del sujeto. Este resultado lo denominan distrés, a diferencia del estrés positivo o eutrés, que puede ser un buen dinamizador de la actividad laboral. Como se ha enunciado anteriormente, esta investigación se enfoca al estudio del estrés negativo de los docentes.





Extraído de:
BURNOUT EN PROFESORES DE VILLAHERMOSA TABASCO: ANÁLISIS CORRELACIONAL CON VARIABLES SOCIODEMOGRÁFICAS Y LABORALES
Flavio Mota Enciso Laura Mollinedo Riveros Alejandra Ordóñez Méndez Iris Marlene Torres Ramírez
Universidad Autónoma de Guadalajara
Campus Tabasco

lunes, 4 de agosto de 2014

Medidas de intervención sobre el burnout


Las investigaciones sobre el burnout adquieren importancia en la medida que colaboran con los procesos de prevención, o bien como en este caso sobre las estrategias de intervención sobre el mismo. En los siguientes párrafos el autor describe algunas de ellas.


Estrategias de intervención sobre el burnout.
Son escasos los estudios centrados en qué estrategias de intervención son las mejores para solucionar el burnout en las personas afectadas, ya que a pesar de ser más de veinte años los que se llevan investigando acerca del síndrome, todavía hoy los trabajos se orientan a la descripción del síndrome, o bien a la consecución de un instrumento de medida del mismo. En cualquier caso, describimos a continuación brevemente algunas de las intervenciones que se han planteado, si bien esto no significa que siempre se hayan puesto en práctica, así en algunos casos se ha teorizado al respecto planteando los autores aquellas que creen más eficaces para reducir los niveles de burnout:

Adecuada comunicación.
Freudenberger (1986) planteaba que una forma de disminuir el impacto del burnout sería establecer una adecuada comunicación, entendida como la mejora de los canales de comunicación existentes en la organización, tanto en sentido vertical (supervisores) como horizontal (compañeros), lo que permitiría mayor claridad en el desempeño del trabajo, un establecimiento de recompensas adecuado, una igualación de las expectativas potenciales y reales y, como consecuencia de lo anterior, una mayor satisfacción en el trabajo. En definitiva, el autor parte de la hipótesis de que el establecimiento de una adecuada comunicación va a permitir un mejoramiento general de las condiciones del trabajo. En esta misma línea se sitúan Sarros y Densten al plantear el feedback positivo como una de las mejores estrategias para la disminución del síndrome.

Abordar los procesos inconscientes relacionados con el burnout.
Garden señala que una vez que se conozca la naturaleza precisa de los procesos no conscientes que subyacen al burnout la intervención habrá que dirigirla a estos procesos con un programa terapéutico similar al que se efectuaría ante cualquier otro problema psicológico. Recordemos que la autora, si bien acepta la influencia negativa del contexto organizacional en la génesis del síndrome, otorga a las características de personalidad de una importancia fundamental en el desarrollo del mismo, de ahí que su planteamiento de intervención sea con un enfoque clínico de carácter más clásico.

Inoculación de estrés.
Recientemente, Freedy y Hobfoll han planteado como técnica terapéutica para la solución del burnout la inoculación del estrés, ya que parten del supuesto de que burnout y estrés laboral son un mismo síndrome y, en tanto que estrés laboral es un tipo de estr és y la técnica se ha mostrado efectiva para su tratamiento; sugieren que la aplicación de la misma y la mejora del estado psicológico del individuo es una consecuencia lógica. En este planteamiento subyace el concepto de que burnout, como cualquier otro problema psicológico, debe ser afrontado desde la perspectiva clínica habitual, obviando la complejidad del síndrome que otros autores plantean, como hemos visto a lo largo del capítulo, y que harían del burnout "algo" más complejo que un simple "problema psicológico". Los autores lo aplican a un grupo de sujetos que sufrían burnout, obteniendo unos resultados esperanzadores.

Rotación.
Hiscott y Connop, desde una perspectiva organizacional, mantienen que una forma de solucionar el burnout es establecer rotaciones regulares entre los trabajadores afectados de burnout, que permitan reducir los efectos acumulativos de los estresores laborales. Lógicamente, si conseguimos que un trabajador disponga de una movilidad efectiva cuando las variables predictoras del burnout (inadecuados canales de comunicación, falta de recompensas, inadecuación de las expectativas, entre otras) están afectando al trabajador, éste podrá "escapar" del síndrome en otro puesto de trabajo. Esta estrategia, en principio es adecuada cuando son las variables organizacionales, básicamente, las que están incidiendo en la aparición y mantenimiento del burnout, y cuando estas variables se concentran en un puesto de trabajo determinado. Desconocemos los efectos beneficiosos que puede tener este planteamiento cuando las variables que afectan al individuo son, fundamentalmente, personales o cuando, a pesar de ser las de tipo organizacional las que predominan, afectan a toda la estructura laboral y, consecuentemente, a todos los puestos que el individuo puede desempeñar.

Terapia racional emotiva.
Ursprung señala que puesto que en el burnout están mediando pensamientos irracionales provocados por los diferentes eventos estresantes, se hace necesario hacer frente al síndrome mediante reestructuración cognitiva que permita combatir los pensamientos generadores de la situación aversiva en la que se encuentra, y que ayude a dotar al individuo de estrategias de afrontamiento efectivas para superar su situación.

Programa de intervención amplio.
Diversos investigadores sugieren, a partir de amplias revisiones sobre el tema, que para hacerle frente al burnout no es suficiente con técnicas terapéuticas clásicas, sino que, puesto que se trata de un síndrome complejo y amplio en cuanto a sus causas y consecuencias, también la intervención que se ponga en marcha debe ser planificada con este carácter amplio. Comprenden que desde el punto de vista más clínico, cuando la incidencia de las variables personales son muy claras, un programa de este tipo deber á reunir un conjunto de estrategias terapéuticas ya conocidas en cuanto a su efectividad (inoculación de estrés, modificación de conducta, técnicas racionales, entre otras), pero ya que las variables organizacionales son muy relevantes cuando el burnout se conceptualiza en el contexto organizacional, los programas de intervención tendrán que enfocarse desde esta perspectiva: mejorar los canales de comunicación horizontales y verticales, establecer un adecuado sistema de recompensas, promover profesionalmente a los trabajadores intentando igualar las expectativas personales con las organizacionales, buscar la satisfacción en el trabajo, etc.

A nuestro juicio, probablemente, esta última línea de intervención sea la más adecuada a la hora de manejar el problema del burnout dada la compleja caracterización del síndrome, aunque las investigaciones en esta línea no han sido muy abundantes, quedando pendiente comprobar la efectividad de este planteamiento, as í como de cualquier otro que se describa en relación a la búsqueda de soluciones para el burnout padecido por los individuos.

Para terminar este apartado podemos citar el reciente trabajo de Richardsen y Burke, en el cual los autores marcan una serie de objetivos de intervención según el marco teórico desde donde situemos el estudio del síndrome, como puede comprobarse en la Tabla 8 en la que se recogen todos los señalados hasta ahora, añadiendo algunos aspectos novedosos, como es la propuesta de Sánchez Caro que plantea ante el fenómeno burnout, una combinación de terapia psicológica (psicoterapia dirigida a corregir disfunciones cognitivo-emocionales) y terapia farmacológica (ansiolíticos y antidepresivos), y que considera la estrategia de intervención óptima.



Autor
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz

Sobre
Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
- Profesor de la Universidad de Murcia (Facultad de Psicolog ía), desde 1994
- Master en RRHH por el Centro de Estudios Financieros (Madrid), desde 1992
- Doctor en Psicología por la Universidad de Murcia en 1999
- Profesor de la Escuela de Policías de la Región de Murcia desde 1999
- Jefe de Formación y Proyectos de Algama Desarrollo Empresarial (Grupo Picking Pack) desde 1997
- Autor de diferentes libros, artículos y participaciones en Congresos nacionales e internacionales.

Sobre
Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
- Profesor de la Universidad de Murcia (Facultad de Psicolog ía), desde 1994
- Master en RRHH por el Centro de Estudios Financieros (Madrid), desde 1992
- Doctor en Psicología por la Universidad de Murcia en 1999
- Profesor de la Escuela de Policías de la Región de Murcia desde 1999
- Jefe de Formación y Proyectos de Algama Desarrollo Empresarial (Grupo Picking Pack) desde 1997
- Autor de diferentes libros, artículos y participaciones en Congresos nacionales e internacionales.


Nota de la edición del blog:
Por razones de lectura del blog, he reducido a su mínima expresión este importante trabajo, si desean leerlo en forma completa, pueden colocarlo en Google (título y autor), y obtendrán 4 archivos pdf, o bien mandarme un mensaje a achristin@gmail.com, y con gusto se los enviaré.

lunes, 28 de julio de 2014

El bienestar docente



Este blog está dedicado a la difusión de temas relacionados con el “Malestar docente”, bajo el supuesto que el conocimiento nos sirve como escudo protector. En esta publicación nos ocuparemos del “bienestar docente”, que trata específicamente de esas armas, o sea “lo que motiva y mantiene a un profesor”


La mayor parte de la vida se organiza en torno al trabajo y, en la actualidad, la mayoría de las personas tienen tres tipos de relaciones distintas con su trabajo: lo pueden ver como trabajo, como carrera o como vocación/misión (job, career o calling). Estas tres orientaciones generales hacia el trabajo predicen las metas que la gente persigue en el mismo. La distinción básica entre estas dimensiones es la siguiente: la gente que experimenta su profesión como trabajo (job) se centra en los aspectos económicos que brinda, más que en el placer o realización personal que se puede alcanzar en el mismo.

Es decir, se contempla como un medio que permite a los individuos adquirir los recursos necesarios para disfrutar de su tiempo fuera del trabajo. Los que lo ven como carrera (career) se centran primeramente en el avance profesional dentro de la estructura ocupacional, pues suele ofrecer poder y alta autoestima para el trabajador. Aquellos que lo definen como vocación (calling) se centran en el disfrute que acarrea su realización y en que el trabajo sea socialmente útil. Se caracterizan por su amor al trabajo pensando en que contribuye a hacer del mundo un lugar mejor. Esta última orientación se puede decir que es “la marca” de ciertas profesiones como la de profesor. Existen estudios que avalan el carácter altamente vocacional de la profesión docente, ya que para los profesores su principal motivador son los propios alumnos. Ejercen la docencia porque les gusta trabajar con los jóvenes y ayudarles en su formación y sienten gran satisfacción viendo como con su asistencia aprenden, desarrollan su potencial y se preparan para conducirse como adultos responsables.

Los profesores, al percibir su trabajo como vocación, llamada o misión, son conscientes de que éste tiene una dimensión ética. Un valor central para ellos es la idea de que son moralmente más que legalmente responsables de sus alumnos y experimentan un deseo de cuidar de ellos. Esta es una de las características esenciales de su identidad, de lo que es ‘sentirse como profesor’.

Lo que motiva y mantiene la moral de los profesores
Lo que se observa en la profesión docente, si nos atenemos a las teorías de la motivación, es que suscita una alta motivación intrínseca. La conocida teoría de la motivación de Maslow sobre la ‘jerarquía de necesidades’, señala que las personas tienen diferentes necesidades que necesitan satisfacer para lograr sentirse motivadas en el trabajo [necesidades fisiológicas (comida, vestido, descanso), necesidades de seguridad física y psicológica (salario, seguridad social, paro, acogida de los colegas), necesidad de autoestima (promoción, prestigio), necesidad de autorrealización (trabajo creativo, desarrollo de los propios talentos y cualidades)]. Según la ‘teoría bifactorial de Herzberg’ en la satisfacción e insatisfacción en el trabajo intervienen dos factores:

a) factores de higiene o mantenimiento, también llamados periféricos (seguridad laboral, supervisión, política de la compañía…), los cuales por sí mismos cuando están cubiertos no motivan a trabajar con entusiasmo pero desmotivan si no se satisfacen y

b) factores propiamente motivacionales o relativos al propio trabajo, que se refieren a las posibilidades que entraña de crecimiento personal, desafío, progreso, responsabilidad, creatividad.

La motivación de los profesores está basada en elementos intrínsecos del trabajo como son el reto intelectual, la autonomía, la libertad para probar nuevas ideas, el desarrollo de la competencia profesional y la oportunidad de crecer personalmente, el sentir que benefician a la sociedad influyendo en la educación de niños y jóvenes, el desarrollo de la creatividad. En general, de acuerdo con Maslow, toman el trabajo como centro de autorrealización. Parece claro que la enseñanza es una de las profesiones que en sí misma puede ser de un alto reto y satisfacción al ser vivida como ‘calling’, viendo el trabajo como inseparable de la propia vida.

¿Cómo sostener la moral de los profesores?
Para mantener la moral de los profesores que se ha conceptualizado como ‘el interés profesional y el entusiasmo que una persona muestra hacia el logro de metas individuales y de grupo en una situación de trabajo’, es necesario atender a la figura del profesor, al entorno académico en el que se trabaja y a la relación que se establece entre ellos. De acuerdo con la ‘Teoría de la Autodeterminación’ de Deci y Ryan una alta implicación en el trabajo está asociada con la medida en que se satisfacen tres necesidades humanas básicas: las necesidades de competencia, autonomía y conexión afectiva. La satisfacción de estas necesidades promueve la conducta auto determinada y la motivación intrínseca lo que favorece la expansión de cualidades altamente valoradas en el trabajo como la creatividad, la autorregulación y la flexibilidad.

A través de procesos de formación y de desarrollo profesional se pueden inducir percepción de autoeficacia, pues el mejor medio de mejorar el sentimiento de eficacia es mejorando la eficacia real. Otro camino más indirecto consiste en propiciar un cambio de perspectiva a la hora de enfocar los problemas, pues siempre podemos optar por percibir los problemas como un reto más que como una amenaza, los fracasos como lecciones que nos ayudan a crecer y las dificultades como trampolín de aprendizaje. Las personas no somos seres reactivos sino proactivos con capacidad de auto motivación por lo que uno mismo tiene que aprender a sostenerse incluso en situaciones adversas.



Extraído de
BASES EMPÍRICAS EN PRO DEL CONSTRUCTOR DE BIENESTAR COMO PERSPECTIVA DE INVESTIGACIÓN EN EL AGENTE EDUCATIVO
Verónica Isabel Ac Avila Universidad Anahuac Mayab Pedro Sánchez Escobedo
Universidad Autónoma de Yucatán

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