lunes, 27 de octubre de 2014

Elementos que predicen el burnout en el contexto ambiental.


Las variables que anteceden al burnout, reconocidas por la teoría, pueden ser organizacionales, intrapersonales, o como las que el autor trata en esta publicación, provenientes del contexto ambiental. Consideramos que en la docencia son de fundamental influencia.


Apoyo social. Este factor está centrado fundamentalmente en el apoyo que la persona recibe de familiares y amigos, en relación a su desempeño laboral y las circunstancias que su trabajo le deparan. Algunos investigadores entienden que a menor apoyo social más posibilidades de padecer el síndrome. Smith, Birch y Marchant (1984) mantienen que las relaciones familiares y/o de pareja positivas confieren a la persona cierta inmunidad a padecer el burnout.

Relaciones interpersonales. Son las relaciones mantenidas con familiares y amigos, fundamentalmente, que condicionan que el ambiente habitual de la persona sea agradable o no. Conforme aparecen ambientes más aversivos aumenta la frecuencia de padecer burnout. Sarros, indica que es especialmente en la dimensión despersonalización donde más se aprecia esta variable.

Comunicación. Sarros y Friesen plantean que cuando los flujos comunicativos se deterioran más en el ambiente social del individuo, la aparición de burnout aumenta. Sarros, cree que donde más incidencia tiene es en la dimensión reducida realización personal.

Actitudes de familiares y amigos. Está muy condicionada por las relaciones interpersonales pero, en este caso, se refiere al sentido positivo o negativo de las actitudes que familiares y amigos tienen hacia la persona. Ante actitudes más aversivas más burnout.

Satisfacción vital. Esta variable describe la sensación de felicidad y agrado que el individuo presenta con su estilo de vida y las interacciones que se producen como consecuencia de él. Según Lee y Ashforth a menor satisfacción vital más burnout, en concreto mayor nivel de agotamiento emocional.

Exigencias vitales. Golembiewski y Munzenrider, señalan que las demandas intensas y los requerimientos de un compromiso completo en los diversos aspectos de la vida (matrimonio, familia, amistades, etc...) pueden derivar en burnout.

Problemas familiares. El hecho de que ocurran problemas familiares que estén distorsionando el funcionamiento normal de la dinámica del hogar, predispone a la persona a sufrir burnout según Leiter.

Recursos de afrontamiento familiares. Leiter plantea que cuando la familia facilita la puesta en marcha de diversos recursos para afrontar las situaciones que pueden dar lugar a burnout, la persona presenta menor vulnerabilidad a su padecimiento. Estos recursos de afrontamiento son independientes de los que puede poseer el individuo en su contexto laboral.

Cultura. Pines y Guendelman mantienen que el burnout no afecta de la misma manera a individuos pertenecientes a una cultura u otra, debido fundamentalmente a que ésta marca no sólo la forma de entender el desempeño laboral, sino también la manera de entender las relaciones sociales y los diferentes apoyos que la persona puede recibir. De ahí que estos autores concluyan que la cultura puede ser un mediador relevante en la incidencia del burnout.

Si bien el anterior listado no es exhaustivo sí nos permite acercarnos a la realidad actual acerca de la situación de las investigaciones que analizan las variables predictoras del burnout. Así, podemos acordar a modo de conclusiones que:

-Las variables más analizadas son las que se encuadran en el contexto laboral, teniendo en cuenta los diversos aspectos que pueden condicionar el desarrollo habitual del desempeño del trabajo. En este sentido, se asume la importancia de estas variables por encima del resto ya que no hay que olvidar que el burnout se ha conceptualizado fundamentalmente en el contexto laboral. Por otra parte, la mayoría de trabajos estudiados parten de la presunción de que las diversas variables laborales condicionan, por s í mismas, determinadas reacciones en los individuos que, en determinados casos, podrían conducir al padecimiento del burnout.

-También las variables intrapersonales han sido objeto de estudio, puesto que es indudable que a pesar de que los eventos organizacionales pueden ser suficientemente estresantes, la valoración cognitiva que hace el individuo de dichos eventos es imprescindible para que ocasione en la persona sentimientos que pueden conducir a burnout. Lógicamente, la valoración cognitiva est á mediatizada por las características de personalidad del individuo y, por tanto, la concepción predictora intrapersonal del individuo adquiere un papel relevante. Un aspecto significativo es que los estudios se han centrado en el análisis de características de personalidad (locus de control, patr ón de conducta tipo A, autoconcepto, autoeficacia...), habiendo sido muy escasamente estudiadas variables personales m ás clásicas como neuroticismo, estabilidad emocional, extraversión, psicoticismo, etc.

-Las variables ambientales se han considerado en algunos estudios, aunque el número de investigaciones ha sido menor. Parece claro que la relación que un individuo mantiene con los miembros relevantes de su entorno (familiares y amigos, básicamente), el apoyo afectivo y social que reciben de estas personas, las actitudes que el individuo percibe de los demás, entre otras circunstancias, son variables que pueden ocasionar situaciones suficientemente aversivas y, por tanto, potencialmente generadoras de burnout.

-Un último aspecto a resaltar es el que hace referencia a la mutua influencia que las tres categorías de variables mantienen en el origen del fenómeno burnout. Prácticamente ningún trabajo cuestiona que, para comprender la complejidad del síndrome, hay que pensar con una perspectiva amplia de posibles predictores. En este sentido, la conjunción de una confluencia de variables organizacionales, ambientales y personales parece una premisa aceptada por la mayoría de autores.


Autor
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz


Sobre Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
- Profesor de la Universidad de Murcia (Facultad de Psicolog ía), desde 1994
- Master en RRHH por el Centro de Estudios Financieros (Madrid), desde 1992
- Doctor en Psicología por la Universidad de Murcia en 1999
- Profesor de la Escuela de Policías de la Región de Murcia desde 1999
- Jefe de Formación y Proyectos de Algama Desarrollo Empresarial (Grupo Picking Pack) desde 1997
- Autor de diferentes libros, artículos y participaciones en Congresos nacionales e internacionales.




Nota de la edición del blog:
Por razones de lectura del blog, he reducido a su mínima expresión este importante trabajo, si desean leerlo en forma completa, pueden colocarlo en Google (título y autor), y obtendrán 4 archivos pdf, o bien mandarme un mensaje a achristin@gmail.com, y con gusto se los enviaré.

lunes, 20 de octubre de 2014

Consecuencias psicológicas del burnout.


El Síndrome del burnout puede producir diversas consecuencias en quienes lo padecen, también a la organización y al contexto ambiental ¿Cuáles son esas manifestaciones? ¿Es posible que se vea afectada sólo una de esas categorías?


El siguiente paso lógico es conocer las consecuencias que para el individuo, y para su contexto vital y laboral, supone su padecimiento.

Buscando una mayor facilidad en su descripción, las analizaremos siguiendo la anterior estructura de tres categorías, aunque es necesario señalar que no siempre los autores las plantean por separado, sino que, al contrario, suelen describir varias categorías al mismo tiempo e, incluso, ofreciendo correlaciones entre ellas.

Consecuencias psicológicas del burnout.
Problemas psicosomáticos. Ante el síndrome de burnout, autores varios encuentran que estos problemas pueden manifestarse en forma de diversas disfunciones de la salud que no tienen unos síntomas físicos claros: dolor de espalda o de cabeza, úlceras, mareos, asma, hipertensión, insomnio, taquicardia, etc.

Actitudes negativas hacia sí mismo. El individuo presenta una constelación sintomática que indica la presencia de uno de los factores evidentes de la depresión, en la que la persona desarrolla sentimientos negativos, así como una actitud negativa general hacia sí mismo. Entre otros autores que han señalado la presencia de estas actitudes en sujetos con burnout encontramos a Burke y Richardsen.

Depresión. Como cabría esperar del apartado anterior se ha comprobado la presencia de depresión en sujetos afectados por el síndrome. Entre otros autores, Jackson y Maslach (1982) han señalado esta consecuencia del burnout. Es interesante destacar aquí que aunque se ha planteado la posibilidad de una cierta similitud entre burnout y depresión, como vimos al principio de este capítulo, Leiter y Durup (1994) encuentran que si bien existen algunas similitudes sintomatológicas entre ambos constructos, se trata de dos trastornos diferentes.

Sentimientos de culpabilidad. En este caso la persona presenta sentimientos de culpabilidad en relación a sus acciones personales, laborales o ambientales. Pines, Aronson y Kafry (1981), entre otros, lo han apreciado en sujetos con burnout, haciendo referencia a estos sentimientos, sin especificar claramente que se pueda tratar de depresión, si bien tanto esta categoría como la anterior están íntimamente relacionadas.

Ansiedad. Es frecuente que el individuo con burnout presente los síntomas propios de los cuadros de ansiedad.

Cólera. La persona con burnout puede presentar reacciones de ira, indignación y/o enojo que manifiesta en sus interacciones habituales.

Aburrimiento. Friedman (1991) señala que una característica llamativa del sujeto con burnout es la presencia de sentimientos de aburrimiento en las actividades que realiza, que se convierte en un hastío emocional generalizado en las tareas laborales cotidianas.

Baja tolerancia a la frustración. Freudenberger (1986) indica, como propio de la persona afectada por el fenómeno burnout, la existencia de una gran frustración con cualquiera de las acciones habituales que realizan y que no acaban con el resultado positivo esperado inicialmente.

Abuso de drogas. Lemkau et al (1988) mantienen que las personas que sufren el síndrome pueden presentar grandes ingestas de sustancias tóxicas (café, alcohol y otras drogas consideradas duras). Según Burke (1993) las personas que presentan reducida realización personal tienden a este abuso.

Consecuencias del burnout en el contexto organizacional.
Disminución del rendimiento. Investigadores varios observan en el trabajador una disminución significativa del rendimiento en su quehacer cotidiano, en comparación con momentos anteriores, que no tienen una causa objetiva para que ocurra: cambios en la política de empresa, instalación de nuevas tecnologías, etc.

Actitudes negativas hacia el trabajo y falta de motivación. El trabajador, que ha perdido buena parte de su motivación hacia el trabajo, desarrolla constantes sentimientos negativos hacia su desempeño laboral.

Actitudes negativas hacia el cliente. García Izquierdo (1991a) encuentra que el trabajador desarrolla sentimientos negativos hacia el cliente al que trata de forma cínica y "despersonalizada".

Incapacidad para realizar adecuadamente el trabajo. El trabajador, a pesar de su interés por el trabajo, comprueba que es incapaz de realizarlo correctamente.

Rotación. Los sujetos con burnout presentan un índice de rotación superior al considerado habitual. Parecen necesitar un cambio continuo de los puestos que desempeñan.

Intención de abandonar el trabajo o abandono real. El trabajador, al que le cuesta cada vez más aguantar la situación provocada por el síndrome, tiende a abandonar el trabajo. Según Schwab et al (1986) en profesores la dimensión que está incidiendo para que se manifieste esta variable es agotamiento emocional.

Absentismo, retrasos y largas pausas durante el trabajo. El trabajador comienza a incumplir sus obligaciones en el trabajo, manifestándose en retrasos, largas pausas durante los descansos y/o absentismo. Recientemente, Yaniv (1995) ha planteado que el absentismo ocurre de forma involuntaria debido a la aparición del burnout, siendo una consecuencia inevitable del mismo.

Insatisfacción en el trabajo. Diversos investigadores encuentran que el trabajador se halla muy insatisfecho con el trabajo, tanto en relación a lo que hace en el puesto desempeñado, como en relación a lo que el contexto laboral le ofrece. Burke (1993) indica que esta consecuencia se aprecia sobre todo en relación con las dimensiones agotamiento emocional y reducida realización personal.

Disminución con el compromiso. Leiter señala que cuando una persona presenta el síndrome, especialmente la dimensión agotamiento emocional, se puede observar una disminución del compromiso que presentaba con el trabajo, en cuanto a ilusión, metas, sentimientos positivos, entre otras características.

Consecuencias del burnout en el contexto ambiental..
Actitudes negativas hacia la vida en general. El individuo desarrolla sentimientos negativos hacia los diversos contextos vitales: familia, amistades..., estando esta variable claramente relacionada con la presencia de depresión,  hace especial hincapié en el deterioro de las interacciones personales.

Disminución de la calidad de vida personal. Jackson y Maslach (1982); encuentra en los individuos afectados por el síndrome un empeoramiento de su calidad de vida, que se refleja en una disminución de su bienestar personal y social.

De la anterior descripción de las posibles consecuencias a las que puede dar lugar el burnout, podemos concretar algunos aspectos en relación a la revisión realizada:

-El burnout se presenta como un síndrome complejo que acarrea consecuencias muy variables, lo que le hace ser un problema de difícil interpretación, ya que si bien los diversos autores analizados plantean las distintas consecuencias como propias del burnout, también lo es que muchas de ellas se han identificado en otros constructos (estrés laboral, insatisfacción laboral, depresión...). Por otra parte, algunas de las consecuencias descritas son síndromes con conceptualizaciones teóricas propias (depresión o ansiedad, por ejemplo), lo que incide en lo desarrollado a lo largo del capítulo: el fuerte solapamiento existente entre burnout y otros constructos, probablemente debido a que el síndrome de "estar quemado" está constituido por una constelación sintomática muy similar a los recogidos en otros síndromes y, lógicamente, las consecuencias que se manifiestan pueden coincidir o, al menos, ser similares dado que la percepción de sufrimiento y la evaluación que se haga en de él en el contexto organizacional también será parecida.

-De las investigaciones revisadas, las consecuencias personales, de carácter psicológico y físico, y las organizacionales, además de estar íntimamente relacionadas, han sido las más estudiadas.

En este sentido, al igual que ocurría con las variables predictoras del síndrome, parece que el planteamiento teórico y las investigaciones consecuentes apuntan a que los autores centran fundamentalmente sus estudios en estos contextos.

-En cuanto a las consecuencias ambientales no podemos afirmar que se hayan descrito pocas, sino más bien que se han valorado en categorías mucho más amplias que las analizadas en relación a las personales u organizacionales. Así se refleja en las dos que hemos descrito: actitudes negativas hacia la vida en general y disminución de la calidad de vida personal. En cualquier caso esta categoría, por los motivos teóricos apuntados, ha sido menos estudiada que el resto.

-Pocos autores discuten que las consecuencias que produce el burnout se interrelacionen en las tres categorías, ya que resulta difícil comprender que una persona afectada en uno de sus planos vitales (personal, organizacional o ambiental) no esté también afectada en los otros.


Autor
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz

Sobre
Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
- Profesor de la Universidad de Murcia (Facultad de Psicolog ía), desde 1994
- Master en RRHH por el Centro de Estudios Financieros (Madrid), desde 1992
- Doctor en Psicología por la Universidad de Murcia en 1999
- Profesor de la Escuela de Policías de la Región de Murcia desde 1999
- Jefe de Formación y Proyectos de Algama Desarrollo Empresarial (Grupo Picking Pack) desde 1997
- Autor de diferentes libros, artículos y participaciones en Congresos nacionales e internacionales.



Nota de la edición del blog:
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lunes, 13 de octubre de 2014

Contextualizando al síndrome de burnout


¿El síndrome de burnout debe ser considerado como una enfermedad? En este contexto ¿Qué significa “bienestar”? ¿Y “malestar”? ¿Cuál es la relación de estos conceptos con el de “salud mental”? ¿Qué condiciones debe reunirse para considerarse como “persona sana”? ¿Qué debe investigar la salud pública? ¿En qué consiste la “vigilancia epidemiológica”?



Herbert Freudenberger describió en 1974 el síndrome de agotamiento profesional o burnout, una condición mental caracterizada por disminución del desempeño laboral, con una sensación de impotencia, frustración e incapacidad para alcanzar objetivos o metas laborales. Sus síntomas incluyen agotamiento emocional (de ahí su nombre), cinismo y desapego, sensación de inefectividad y de incapacidad profesional, acompañado de otros síntomas como insomnio, irritabilidad o conflictos interpersonales; todos estos en conjunto precipitan al sujeto afectado a estados de depresión, ansiedad y adicción.

Para algunos autores, burnout es un conjunto de signos y síntomas considerado como ambiguo, mal delimitado o que no debe ser considerado como enfermedad sino como manifestación de otras afecciones. Para otros, el burnout es una enfermedad en sí misma y un potencial problema de salud pública; se ha observado y reportado frecuentemente en servicios hospitalarios de la sociedad occidental, se ha achacado a períodos largos bajo estrés en entornos laborales, y se ha considerado desde su descripción inicial como multidimensional.

Así, el agotamiento profesional debe asumirse como una enfermedad y a la vez como un problema de salud pública susceptible de investigación, vigilancia y detección en función de sus condiciones y entornos predisponentes. Para tal fin, se proponen algunas nociones esenciales como marco de referencia, se analizan a continuación las posiciones contrarias o favorables a esta posición, y finalmente se enumeran las implicaciones del tema y sus posibles líneas de investigación en salud pública.

Un marco de referencia
El agotamiento profesional fue descrito inicialmente por Freudenberger como una condición mental con consecuencias físicas. Posteriormente, Manderscheid explicó cómo, tras los estudios del Instituto de Salud Mental de EUA en la década de 1980, cambió la noción de enfermedad mental desde un diagnóstico clínico e individual únicamente hacia una nueva comprensión de dos nociones paralelas: bienestar –el grado de entusiasmo y actitud positiva ante la vida, incluyendo la capacidad de manejar sentimientos y comportamientos, ser autónomo y manejar efectivamente el estrés- y malestar – como una percepción de sentirse mal, o estar enfermo, que involucraba no sólo una percepción individual sino una comunitaria, en pos de su recuperación y reintegración laboral. El mismo instituto también definió categorías cualitativas para valorar la respuesta a tratamiento, cualquiera fuese éste.

Desde la misma época, los asuntos relativos a salud mental se volvieron paulatinamente importantes para el público en general. Un motivo subyacente fue la transformación de la sociedad hacia una economía basada en la prestación de servicios, en cuyo interior se encuentran individuos sometidos a toda clase de presiones en pos de una mejor y más eficiente atención al público –a menudo identificadas con el término estrés (stress)– en especial cuando enfrentan los dilemas profesionales y éticos que impone el sector salud. Una situación así puede dar pie a trastornos mentales, que también afectan la salud física individual, y verse reflejado en las condiciones de trabajo, de servicios de salud y en la estabilidad de las sociedades en su conjunto –si se consideran ejemplos como el ausentismo y la pérdida de productividad en cuanto consecuencias. Expresado de otro modo, en el siglo XXI el estudio de circunstancias como éstas y aquellas relacionadas con burnout -así como las propuestas para su solución o mitigación- constituyen un gran desafío para áreas del conocimiento y quehaceres como la Salud Pública, que se vería beneficiada de un análisis y seguimiento de cómo los profesionales y técnicos de salud en particular –y de otros sectores prestadores de servicios en general- perciben y sienten su salud mental y física en su entorno.

Ahora, las nociones de salud y de enfermedad han tenido diferentes percepciones a lo largo del tiempo y las culturas. La noción de salud ha cambiado según la comprensión que de ella tenga el común de la gente, científicos de los siglos XIX y XX –salud como ausencia de enfermedad u homeostasis entre medios interno y externo-; instituciones como la OMS -un “completo estado de bienestar físico, psíquico y social”, y no sólo la ausencia de enfermedad o achaque- o la reflexión posterior sobre su alcance y completitud o su significado en términos de la potencialidad para una función plena y con calidad de vida, influenciado por lo biológico humano, el estilo de vida, los ambientes (físico y comunitario, que pudieran asimilarse al “entorno”) y la estructura social. Por su parte, la noción vulgar de enfermedad esconde una noción dicotómica y de aplicación universal para reconocer a otro sujeto como “enfermo”: según Scully, si se tienen en cuenta especialmente grupos humanos, contextos culturales e incluso épocas, sería muy difícil dar una acepción final y definitiva; en otras palabras, la noción de la enfermedad en el siglo XXI va mucho más allá de un razonamiento de consultorio, cuarto de hospital o de laboratorio (clínico, farmacéutico o de salud pública), donde un conjunto de signos y síntomas conllevan el confirmar la presencia o ausencia de un microorganismo y prescribir un tratamiento a la medida del mismo. Así, las nociones de salud y de enfermedad han cambiado en función de mejores capacidades de diagnóstico pero también de mayores expectativas de salud, calidad de vida, desempeño técnico/profesional, comprensión del carácter finito (más que escaso) de los recursos en salud y escándalo frente a las relaciones non-sanctas entre industria farmacéutica y asociaciones científicas o de pacientes.

Entonces, la salud pública –traducida en acción investigativa- debe no sólo estudiar y propender por la mejor salud de las poblaciones, sino también por la de su grupo de profesionales y técnicos, denominados según el momento y el grupo interesado talento humano, trabajadores de salud o –despectivamente- insumo humano o carga de gastos en salud. Este objetivo está inscrito tanto en su definición y propósitos como en sus funciones. La Salud Pública es para Malagón y para Gómez un quehacer, una manifestación de una organización racional, consensual, colectiva, de las acciones y condiciones dirigidas a proteger a la población de los factores de riesgo que inciden sobre el estado de salud, mejorar la convivencia y la calidad de vida, donde el ser humano es protagonista activo en el mejoramiento de las condiciones personales y de la sociedad en la cual vive; por su parte, para Benach y cols. es una tecnología social basada en las ciencias sociales y de salud cuyo objetivo es precisamente uno de mejoramiento a través de acciones sobre el medioambiente, el empleo y el trabajo, los asuntos políticos y sociales, y la atención sanitaria.

Un intento de convertir estos objetivos en categorías operativas, caracterizables y medibles, fue a través de las llamadas funciones esenciales en Salud Pública (FESP), originalmente pensadas para rescatar el carácter obligatorio de la salud pública, el desarrollo humano sostenible y el respeto a la integridad del ser humano, el fortalecimiento de la infraestructura y la práctica de la salud pública, pero que también tienen presentes la vigilancia de salud pública, la investigación y control de riesgos y daños en salud pública, el desarrollo de recursos humanos y capacitación en salud pública, y la garantía de calidad de los servicios de salud individual y colectivos.

Sin embargo, la vigilancia en salud pública está afincada sobre la epidemiología, específicamente la noción de vigilancia epidemiológica de eventos centinelas en salud: un evento de interés o centinela en salud pública es considerado una enfermedad prevenible o muerte prematura cuya ocurrencia es señal de alarma para mejorar la calidad de la atención médica preventiva o terapéutica. Por esta misma naturaleza, un sistema de vigilancia epidemiológica tradicional no está en principio adecuadamente preparado para la detección, la confirmación, el análisis o el seguimiento de eventos crónicos dados el empleo, el sitio de trabajo y el entorno, tal como sucede con el agotamiento profesional.

El burnout -en español, “agotamiento profesional” o “desgaste profesional”- recibió una connotación definitivamente profesional y que podía afectar grupos de pacientes a partir de los estudios con maestros de escuela por parte de Maslach y Jackson (EUA), creadoras del instrumento psicométrico más utilizado para su estudio. Schwartz y Will  y otros reportaron sus observaciones y buscaron explicar sus causas, entre ellas su carácter progresivo y dinámico (aunque pueda ser reversible) y la noción subyacente de riesgo psicosocial. Un problema con el estudio del burnout es que, desde sus orígenes, el esfuerzo se ha concentrado en la descripción del problema, a partir de las manifestaciones somáticas del individuo, y por la acción de profesionales cuya formación de base era Medicina, Psicología o Ciencias Sociales, no Epidemiología o Salud Pública; a la fecha, escasean los estudios de carácter analítico o experimental que lo hayan abordado.

Mientras que los primeros reportes se basaron en métodos cualitativos, basados siempre en observaciones metódicas, entrevistas y estudio de casos, muy rara vez en colectivos y nunca cuestionando que su origen y causas pudiera involucrar la organización de las instituciones o el entorno de trabajo, los estudios de comienzos del siglo XXI se aproximaron al problema en dos sentidos:
a) un modelo medicalizado (paciente como sujeto pasivo), y
b) un modelo de apoyo social. Por ejemplo, Gil-Monte, desde una perspectiva sociológica y cultural, enumeró tres motivos por los que se ha visto cada vez más burnout en trabajadores: a) desarrollo del sector de servicios, con cambios en el entorno socioeconómico (de cómo se hacen transacciones) y laboral (flexibilización) en presencia de mayor presión en pro de la eficiencia; b) cambios demográficos que se centran alrededor de la migración (mayor movilidad, más heterogeneidad poblacional y por ende, de prestadores como de receptores de servicios); y c) avance y masificación de tecnologías de información y comunicación (con mayor desinformación y desorientación de prestadores y receptores).


Extraído de:
Agotamiento profesional (burnout): concepciones e implicaciones para la salud pública
Burnout para la salud pública
Omar Segura
Doctorado Interfacultades en Salud Pública, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia
Grupo de Estudios Sociohistóricos de la Salud y la Protección Social, Centro de Historia de la Medicina “Andrés Soriano Lleras”, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia

lunes, 6 de octubre de 2014

Estado de la discusión sobre el síndrome de burnout


¿Existe el estado de agotamiento profesional? ¿Se trata de una enfermedad creada por el periodismo? ¿O estamos en presencia de otras enfermedades que se enmascaran con este rótulo? ¿El desgaste profesional es una manifestación del estrés laboral? ¿La solución pasa por lo individual o por lo colectivo?


Desde comienzos del siglo XXI, se viene hablando mucho del incremento dramático de los casos de burnout, primero en las publicaciones científicas, luego en la prensa especializada y finalmente en Internet. Eventos como el 21º. Congreso Europeo de Psiquiatría, celebrado en Nantes (Francia) en abril de 2013, o el incremento de los reclamos a las compañías de seguros alemanas por una “interferencia por burnout”, han fomentado el debate.

Autores como Hamman y cols. o Höschl han propuesto que el burnout es un mito, y que es un mero tratamiento periodístico atribuirlo a fenómenos sociales tales como “globalización”, “desaparición de límites entre vidas laboral y privada”, “demandas incrementadas”, “excelencia y calidad”, entre otros. Mientras que autores como Rössler  o Mateen han sugerido no sólo que el agotamiento profesional (burnout) sí existe, sino que se relaciona precisamente con las circunstancias sociales antes mencionadas, y que de la investigación sobre el problema se ha concluido que es una diferente entidad nosológica y psicológica, derivada de la respuesta a factores causantes de estrés interpersonal crónico en el trabajo, y que además no es un concepto teórico y exclusivo del mundo desarrollado.

Otros autores explican su posición más detalladamente: para Keresztesi, por ejemplo, burnout es un término que no es médico, sino una metáfora y una expresión estadounidense para designar alguien de permiso (discharged), empezando por aplicar un concepto físico: si está “quemado”, debe haberse “incinerado”, equiparando un ser humano a un fusible; en su criterio, el término en cuanto diagnóstico no existe, e incluso considera peor la situación cuando se le agrega el vocablo “síndrome de fatiga”: presumiendo que la causa subyacente es estrés prolongado o depresión.

Keresztesi afirma que, en vez de burnout, deberían tenerse en cuenta otras enfermedades como hipotiroidismo, diabetes, enfermedad cardiovascular, hipovitaminosis o depresión, para evitar que el término lleve a pasividad, aprovechamiento de la enfermedad en beneficio del individuo y conductas defensivas, y propone que el trabajo no sería una causa de “burnout”, sino su remedio, porque el sujeto encontraría empoderamiento y contexto social dónde apoyarse; como ejemplo presenta al sujeto con cáncer, que recibe tratamiento durante unas semanas y luego vuelve al seno de su familia y su trabajo aunque sea con limitación de su tiempo laboral.

En Alemania, por ejemplo, burnout no es considerado un diagnóstico médico. Berger (6,7) ha señalado el carácter intenso del debate en ese país sobre la noción del estrés psicológico en el entorno de trabajo moderno y los riesgos potenciales que puede tener las condiciones de éste en la salud mental. Para él, sin embargo, el problema estriba en que cambiar esas condiciones implica diferenciar las diversas entidades nosológicas que afectan el bienestar de los sujetos, para prevenirlas a su vez: explica que es un problema que afecta tanto a los servicios de salud (en cuanto al diagnóstico se refiere) como a las compañías (en cuanto a las excusas médicas se refiere), y todo esto lleva a un punto común: el aseguramiento, en términos de cómo se valida que el causante es burnout, y que –aparentemente- hay medios para intervenir el desgaste profesional.

Por su parte, Hillert o Kapfhammer consideran que el burnout es un término procedente de la psicología laboral, el cual describe síntomas de una desadaptación sostenida en el tiempo a condiciones estresantes laborales, sin ser un diagnóstico per se de acuerdo con sistemas de clasificación tradicional. Un documento de posición de la Sociedad Alemana de Psiquiatría, Psicoterapia, Medicina Psicosomática y Neurología (DGPPN, Deutsche Gesellschaft für Psychiatrie und Psychotherapie, Psychosomatik und Nervenheilkunde) estableció que el burnout es un estado de riesgo hacia otras enfermedades, y que el término es apenas uno de carácter “periodístico”.

La aproximación alemana al problema se ha basado mucho en un enfoque clínico y de laboratorio: si el burnout no se encuentra en un estudio experimental, entonces no existe. Los autores alemanes consultados advierten, en mayor o menor medida, que lo que denominan el “síntoma cardinal” (fatiga, agotamiento) debe ser clarificado a través de una completa historia tanto médica y neurológica como biopsicosocial, y el ejercicio de un cuidadoso diagnóstico diferencial de condiciones psiquiátricas tipo depresión o ansiedad o intentos de suicidio, con un tratamiento multimodal, ajustado a la condición subyacente y severidad del cuadro del paciente. Sin embargo, la evaluación de las posibles medidas, usualmente orientadas hacia el sujeto (person-directed) –v.g. los cambios de turno- o hacia el trabajo, -v.g. las reuniones de grupo- no han mostrado resultados satisfactorios en términos de eficacia, efectividad y eficiencia a largo plazo, situación señalada en dos revisiones sistemáticas de la Colaboración Cochrane.

Frente a estas posiciones, se encuentran aquellos que piensan que el burnout sí existe como afección; existe división sobre si el problema parte del mismo sujeto o si, por el contrario, deriva de su interacción con su entorno, especialmente el laboral. Por ejemplo, Gil-Monte propone que el desgaste profesional debe ser considerado como una manifestación del estrés laboral; Brooks plantea que el trabajo de un profesional (un médico, en particular) o técnico de salud es uno de alta presión y muchos factores causales de estrés –donde el burnout es apenas una de sus manifestaciones; propone factores de riesgo individuales – tales como rasgos de personalidad o antecedentes psicológicos- y ocupacionales –clínicos y estructurales- que causan directamente estrés. Trollope-Kumar ha señalado que el burnout existe y está ligado a la noción de riesgo, resultado a su vez de una inadecuada respuesta del profesional de salud a las exigencias de su actividad, sean éstas carga de trabajo o alejamiento del hogar, o peor aún, de la detección de incongruencias entre su trabajo y su vida personal, o de la impotencia resultante ante ciertos casos, como aquellos en pacientes oncológicos o de cuidados paliativos.

En cambio, las posiciones de Kay –canadiense- o de Rakovec-Felser –eslovena- son diferentes: ninguna de ellas niega la existencia del burnout, pero recalcan que la solución no pasa por lo individual, sino por lo comunitario/organizacional, en términos de un cambio del entorno laboral y cultural. Kay sugiere una “sobredramatización” del carácter individual de la condición, lo que ha suscitado medidas de carácter y alcance limitado y –sobre todo- estigmatización; Rakovec-Felser propone que el burnout puede ser consecuencia de un pérdida de balance entre tres niveles de intercambio social – el interpersonal, el de equipo y el organizacional-, más que a causa del trabajo per se.
Hay quienes consideran que el burnout existe y constituye un problema que necesita atención por parte de la Salud Pública. Kacenelenbogen –belga- y Cebrià-Andreu –español- escriben que la insatisfacción, la desmotivación, la desilusión y la frustración en los profesionales de salud conllevan erosión física, cansancio acumulado, falta de energías y alteraciones del sueño, traduciéndose en fatiga emocional. Señalan que, aunque el cuestionario diseñado por Maslach no representa un diagnóstico confirmatorio y final per se, sí es la puerta de entrada para su detección. Pero ellos van aún más lejos en su conceptualización. Cebrià-Andreu asume el burnout en dos dimensiones: a) como un fenómeno clínico cuya analogía reproducible en laboratorio es la generación de estrés de larga duración en ratones, pudiendo demostrar –mediante análisis bioquímicos- que sus cuerpos generan hormonas y neurotransmisores que tienen por consecuencia generarles ansiedad, deprivación de sueño e irritabilidad; b) como un fenómeno social insuficientemente estudiado pero relacionado con asuntos laborales, organizacionales o de la sociedad, con consecuencias en la calidad de la actuación que presta el profesional de salud, sea de cuidado o de diagnóstico y manejo (enfermería o medicina, respectivamente).

Kacenelenbogen sugiere lo mismo y agrega dos dimensiones más: c) las consecuencias que puede tener el burnout en médicos generales, que se traducen en trastornos de carácter comportamental, cognitivo/afectivo y físico, y d) la necesidad de acción tanto desde el levantamiento de datos y estadísticas precisas sobre el síndrome en los médicos de su país (una visión claramente epidemiológica causal) como desde la integración y acción multi/transdisciplinar investigativa y preventiva a partir de la medicina del trabajo, de la psiquiatría y la psicología, de los respectivos administradores de salud y de la sociedad misma (una acción que claramente se enmarca en lo que es salud pública). Por consiguiente, si los profesionales de salud se sienten mal cuidados o están exhaustos, es la sociedad la que termina perdiendo; por consiguiente, por una cuestión de inteligencia (Cebrià) o porque el sistema de salud mismo puede estar en peligro (Kacenelenbogen), las autoridades competentes deben prestar atención no sólo a su condición de salud-enfermedad sino a su bienestar.


Autor
Agotamiento profesional (burnout): concepciones e implicaciones para la salud pública
Burnout para la salud pública
Omar Segura
Doctorado Interfacultades en Salud Pública, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia
Grupo de Estudios Sociohistóricos de la Salud y la Protección Social, Centro de Historia de la Medicina “Andrés Soriano Lleras”, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C., Colombia

lunes, 29 de septiembre de 2014

Definición de burnout desde lo organizacional.


El burnout afecta severamente a las personas, y como se trata de un síndrome proveniente de una ocupación, es un problema para la organización toda, ya que afecta su funcionamiento ¿En qué medida el burnout debe preocupar a la organización?


Intentamos ahondar en la descripción del constructo burnout desde la vertiente organizacional, ya que ha sido en este contexto donde se han originado y desarrollado las diversas líneas de investigación. Hay acuerdo casi unánime en fijar 1974 como el a ño de origen del estudio sobre el burnout, y citar a Freudenberger como el autor que inició dicho estudio, aunque Corcoran (1985) fija el inicio un poco antes (Freudenberger, 1971). También en 1974 aparece otro autor que reflexiona sobre el síndrome (Ginsburg) que, sin embargo, ha sido escasamente citado, tal vez porque a diferencia del primero no tuvo un desarrollo científico tan prolífico.

De lo anterior se deduce que hace poco más de veinte años que se comenzó a investigar sobre el constructo burnout, habiéndose registrado un desarrollo considerable de la investigación al respecto. Gillespie (1980) reflejaba la necesidad urgente de incrementar el conocimiento del síndrome por los altos costos que supone a nivel individual y organizacional, de ahí que Burke (1992) señalara que el interés por la experiencia de burnout psicológico en los contextos organizacionales siga creciendo. Así, mientras Roberts (1986) cifraba en más de 300 las referencias sobre burnout en el periodo 1980-85, Garcés de Los Fayos, Teruel y García Montalvo (1993) la incrementan en más de 1000, siendo el ámbito organizacional sobre el que versan la mayoría de trabajos (más del 97% de los mismos); incluso, Kleiber y Enzman ya habían citado por encima de las 2500 referencias, sólo en el periodo comprendido entre 1974 y 1989. No es extraño, por tanto, que García Izquierdo señale que el burnout es un problema característico de los trabajos de "servicios humanos", es decir de aquellas profesiones que deben mantener una relación continua de ayuda hacia el "cliente": médicos, profesores, enfermeras, asistentes sociales, psiquiatras, psicólogos, policías, etc. Por esta razón, como veremos a lo largo de este capítulo, una de las características propias del síndrome es el "desgaste emocional" que dicha interacción va produciendo en el trabajador. Y puesto que se parte de una situación estresante, la mayoría de autores verán en el burnout un sinónimo de estrés ocupacional, cerrándose la posibilidad a comprender el síndrome en otros contextos, si bien algunos autores  ya indicaron que el burnout no tenía que ser necesariamente producto del estrés ocupacional.

En este sentido, Walker (1986) valorando cuál ha sido el recorrido teórico del constructo observa que el síndrome descrito por Maslach continuó con la concepción del mismo como una enfermedad importante y acabó como enfermedad ocupacional. Sin embargo Walker, que acepta el inicio del estudio del burnout en ciencias sociales a cargo de Freudenberger, matiza que anteriormente Grahan Greene (1960) ya había utilizado el término burnout para describir el estado de "vaciamiento existencial" que una persona sentía como consecuencia del padecimiento de una enfermedad incurable.

Este dato no supone una mera constatación histórica, sino la constatación de la amplitud teórica del concepto que pretendemos investigar. No debemos olvidar que en los años 60 se había utilizado el término para referirse a los efectos que provocaba en la persona el abuso crónico de las drogas. De hecho, aceptando que una persona pueda sufrir burnout sin la presencia de unos antecedentes organizacionales, estamos aceptando que, en principio, cualquier individuo sea cual sea su situación personal y organizacional podría verse afectado por este problema. De hecho, Starrin, Larsson y Styrborn indican que en los años sesenta el término burnout se había utilizado para describir los efectos crónicos del abuso de drogas, hasta que Freudenberger le da la nueva connotación al constructo. Una connotación que est á ligada a la condición psicoanalítica de Freudenberger y su pretensión de caracterizar al burnout como un nuevo síndrome clínico. Sin embargo, esto no nos debe hacer caer en el uso indiscriminado del término burnout para describir diferentes problemas relacionados con el trabajo o con cualquier otro contexto (Maslach).

Lógicamente, aceptar la apertura en la concepción del concepto conlleva el riesgo de destruir su utilidad, pero también es cierto que el interés en su investigación proviene del hecho de tratarse de un problema social antes que de una cuestión teórica (Maslach y Jackson, 1984). Estas autoras precisan muy bien los objetivos de su estudio: el burnout es un problema que afecta a muchas personas y se necesita saber más acerca de él. Con el anterior planteamiento conseguimos reducir tanto la prevalencia como la incidencia (Burke y Richardsen, 1991) de un problema que afecta cada vez a más profesiones (hasta 25 campos profesionales cita Silverstein, 1986), y consecuentemente a más personas. En la Tabla se observan los datos epidemiológicos aportados por diferentes estudios.

Datos epidemiológicos acerca del burnout
Estudio                      Resultados
Kyriacou (1980)         25% en profesores
Pines, Aronson y Kafry (1981)         45% en diversas profesiones
Maslach y Jackson (1982)     20-35% en enfermeras
Henderson (1984)      30-40% en médicos
Smith, Birch y Marchant (1984)       12-40% en bibliotecarios
Rosse, Johnson y Crown (1991)        20% en policías y personal sanitario
García Izquierdo (1991a)      17% en enfermeras
Jorgesen (1992)         39% en estudiantes de enfermería
Price y Spence (1994)           20% en policías y personal sanitario
Deckard, Meterko y Field (1994)     50% en médicos

Estas cifras son indicativas de que podemos encontrarnos ante un problema de gran magnitud, que conlleva consecuencias personales y laborales negativas y que justifican por sí mismas que el desarrollo investigador haya crecido de manera considerable en estos pocos más de veinte años.

Estos altos porcentajes estarían en sintonía con el planteamiento de Freudenberger (1977) según el cual el burnout sería "contagioso", ya que los trabajadores que padecen el síndrome pueden afectar a los demás de su letargo, cinismo y desesperaci ón, con lo que en un corto periodo de tiempo la organización, como ente, puede caer en el desánimo generalizado. Savick (1979) también admitía esta posibilidad de contagio indicando que "el burnout es similar al sarampión" en cuanto a sus efectos epidémicos. En esta misma dirección, Seidman y Zager aceptan la posibilidad de contagio del burnout entre los trabajadores de una misma organización. Smith, Bybee y Raish indicaban incluso que el contagio era especialmente virulento cuando la causa del síndrome está en la dirección organizativa, o cuando el agravamiento de la situación tiene que ver con carencia de comprensión y se está poco dispuesto a pactar con los problemas que van surgiendo. Por último, recientemente Olabarría plantea que el burnout se puede presentar de forma colectiva, a modo de contagio.

A pesar de todo lo anterior, la conceptualización del burnout sigue siendo un obstáculo para la investigación. Hay que tener en cuenta que independientemente de que el síndrome sea similar al estrés laboral o, por contra, consecuencia de éste, el primer problema que encontramos es la imprecisión y ambigüedad del concepto estrés; además, como señala este autor, actualmente no existe consenso para definir estresor ocupacional (antecedente del burnout). No es extraño, por tanto, que mientras Meier (1984) mantuviese que el constructo burnout demostraba cumplir los criterios de validez convergente y discriminante, Moreno, Oliver y Aragoneses (1991) plantearan que la validez del constructo era muy criticada. As í, podemos encontrar que mientras Pines, Aronson y Kafry (1981) defendían la concepción del burnout como fenómeno social, Freudenberger había partido del planteamiento más individualista y clínico de la depresión, ya que este autor consideraba que la depresión era uno de los síntomas más característicos del burnout. En este sentido, Davidoff (1980) establece que puesto que la semejanza entre burnout y otros constructos es tan grande, quizás estemos utilizando un nuevo término para definir antiguos problemas.

Oswin y otros se plantean que es probable un solapamiento entre los constructos depresión y burnout. Es posible, como señalan Oliver, Pastor, Aragoneses y Moreno (1990), que sea necesario fragmentar un constructo tan amplio como estrés para ayudar a conceptualizar los diversos fenómenos asociados, como el burnout. Tal es la relevancia que está adquiriendo la investigación acerca del síndrome que, como indica Neveu, en 1990 se celebró en Cracovia la Conferencia Europea de Burnout Profesional, continuación de la que se celebró dos años antes en Helsinki, y en la que se establecieron dos ejes sobre los que se articula la investigación sobre burnout: Maslach y Jackson que, como más adelante veremos, son los autores que están influyendo de forma decisiva en el estudio de este fenómeno.

Pretendemos ahondar en los diversos aspectos conceptuales y metodológicos relacionados con el síndrome, intentando aclarar, en la medida de lo posible, el constructo que estamos analizando. Partimos para ello de la afirmación que realizan Burke y Richardsen en su amplia revisión, y que muestra la complejidad del constructo: "existe un acuerdo general en que el burnout ocurre a un nivel individual, es una experiencia psicológica interna envuelta de sensaciones, actitudes, motivos y expectativas, y es una experiencia negativa que da lugar a problemas de distrés y disconfort".



Extraído de:
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz

lunes, 22 de septiembre de 2014

Variables predictoras del burnout.


Conocer las variables que anteceden al burnout nos ayuda a conocer el problema, y puede ser la forma de prevenirlo. La teoría reconoce variables intrapersonales, organizacionales y las ambientales ¿Cuáles son? ¿Son todas igualmente importantes?


Por variables predictoras entendemos aquellas variables que anteceden a la ocurrencia del burnout y pueden ayudarnos a comprender mejor el origen del mismo. Las formas de acceder a la identificación y análisis de las mismas pueden ser diversas que van desde planteamientos eminentemente teóricos hasta los estrictamente empíricos. En este sentido, lo más habitual es utilizar un instrumento de medida del burnout, fundamentalmente el MBI, junto a otros instrumentos que evalúen las posibles variables predictoras. Por esta razón las escalas, inventarios y cuestionarios utilizados han sido variados y han medido locus de control, ambigüedad y conflicto de rol, patrón de personalidad tipo A, características de personalidad "clásicas", como la ansiedad, la extroversión, el neuroticismo, etc..., distintas variables sociodemográficas, compromiso organizacional, y estresores laborales diversos, entre otras.

El listado es amplio y nos permite entender que las variables a analizar se han enfocado desde varias perspectivas: variables más relacionadas con aspectos puramente personales del individuo, con características propias del contexto laboral, o con aspectos relacionados con circunstancias externas al trabajo. Lógicamente, situarse en una perspectiva u otra es una cuestión simplemente teórica, en tanto que nosotros entenderemos que las posibles causas del burnout se encuentran relacionadas con el individuo, con el trabajo, con la familia, con los amigos, ... y esto, obviamente, condiciona el plantemiento de esta investigación.

Los trabajos que se han centrado en el estudio de las variables predictoras del burnout son muchos. Quizás no seamos exhaustivos, pero sí queremos mostrar la amplia línea de investigación que este aspecto del síndrome ha provocado. Hay que pensar que Aveni y Albani encuentran en su trabajo 23 variables predictoras del síndrome. Blostein y otros, señalan más de 40 en sus revisiones. Antes, Schaufeli (1990) indicaba más de 100 variables asociadas al burnout. Lógicamente, sería complicado plantearnos en este trabajo todas las variables antecedentes del burnout que se han descrito; sin embargo, sí intentaremos identificar aquellas que han tenido mayor relevancia. Para hacer más fácil la descripción de las mismas, y siguiendo a Nagy y Nagy (1992), dividimos las variables en tres categorías que se relacionan con los tres planos desde donde puede enfocarse su estudio, según se haya considerado más importante una categoría u otra; en concreto, las tres categorías son:

-Intrapersonales. Son variables propias del individuo y hacen referencia a aspectos de su personalidad, sus sentimientos y pensamientos, sus emociones, sus actitudes, etc.

-Profesionales u organizacionales. Son variables intrínsecas a la organización que pueden por sí mismas generar situaciones aversivas, o bien juegan un papel importante en la interacción continua trabajador-puesto de trabajo.

-Interpersonales o ambientales. Son variables no relacionadas con el contexto laboral y sí con otros ámbitos que pueden originar fricciones importantes: familia, amigos, estilos de vida, etc.

De hecho, Helliwell (1981), en su formulación del origen del burnout, ya dejaba claro que era necesaria una perspectiva amplia, en cuanto a contextos influyentes en la aparición del burnout, para comprender el síndrome y planteaba la siguiente ecuación:

Génesis del burnout=susceptibilidad individual+Sobrecarga laboral y/o crisis vital.
LeCroy y Rank (1986) indicaban que los resultados apuntan a que el burnout es más consecuencia de la situación laboral que de las variables de personalidad, que es un planteamiento coincidente con el original de Maslach (1978). Smith, Bybee y Raish (1988) señalaban que las características situacionales y de personalidad están subyaciendo al estrés y al burnout. Garden, que no rechaza la importancia de las variables organizacionales, hace especial hincapié en las de personalidad, ya que es a través de éstas como se filtran y valoran cognitivamente los diversos eventos y situaciones aversivas.

La autora (Garden) considera que existen diferentes causas de burnout según los diversos "tipos" de personas, siguiendo la tipología jungiana, pues esto podría permitir algún orden a las diversas variaciones que se pueden hallar en los límites de la personalidad humana. Su planteamiento le hace considerar la "enantiadromía" (emergencia de una oposición inconsciente en el curso del tiempo) como parte de los procesos del burnout. Las características de este fenómeno ocurrirían cuando la tendencia de un extremo se hace dominante sobre el otro y domina la vida consciente. Esto implica que el burnout tiene un propósito, que es lograr mantener el balance psíquico (aspecto este que también señalaría Loehr, 1994 en el contexto deportivo, como veremos en un próximo capítulo). Esta teoría está en consonancia con Freudenberger (1983) consideraba que el burnout tiene una función homeostática.

Burke y Richardsen (1991), sin restarle importancia a las variables de personalidad y tras la revisión que realizan sobre diversos trabajos, encuentran una gran disparidad en las características de personalidad que se han ofrecido relacionadas con el burnout: unos han planteado empatía, sensibilidad, delicadeza, idealismo y orientación hacia los dem ás; otros, sin embargo, han señalado características tales como ansiedad, obsesión, entusiasmo y susceptibilidad a identificarse con otros, lo que les hace concluir en el sentido de la gran dificultad que conlleva entrar en el terreno de las variables de personalidad para identificar un "patrón tipo" del individuo con burnout.

En esta misma línea, Moreno y Oliver (1993) plantean que los factores personales, aun jugando un papel importante en la aparición del síndrome, no son tan importantes como los organizacionales que se muestran como causa principal en la configuración del burnout. Pedrabissi, Rolland y Santinello (1993) plantean que el burnout no puede explicarse exclusivamente a partir de los rasgos de personalidad particulares. De igual forma, Huebner (1993) mantiene que el síndrome emerge como una función compleja en la que se interrelacionan estresores ambientales y diferencias individuales de personalidad; sin embargo, Olabarría (1995) lo conceptualiza en el ámbito laboral -organizacional exclusivamente.

Un planteamiento intermedio, que recoje la realidad de la investigación acerca de las variables predictoras del burnout, es el de Kremer y Hofman (1985) que resaltan la importancia tanto de las variables individuales como de las organizacionales. Quizás sea esta la línea a retomar, ya que como indica Piedmont la mayoría de los estudios acerca del síndrome se han planteado desde una perspectiva situacional, siendo necesario reivindicar la incidencia que las variables de personalidad tienen, sin lugar a dudas, en la aparición del síndrome. De hecho este autor concluye que la correlación entre las dimensiones fundamentales de personalidad (neuroticismo, extraversión, entre otras) y el síndrome es inequívoca.

Por último, como indican Maslach y Jackson (1984), no todas las variables asociadas al burnout tienen la misma capacidad predictora del síndrome, sino que las variables estarán relacionadas, de manera diferente, con cada una de sus dimensiones.

Teniendo en cuenta todos estos aspectos y, a partir de la revisión teórica realizada sobre algunos de los trabajos que se han centrado en esta línea de investigaci ón, describimos a continuación aquellas variables que más se han analizado como descriptores del burnout. Aparecen divididas en tres categorías, siguiendo los criterios de Nagy y Nagy (1992). El que su presentación sea en categorías no implica que unas variables sean independientes de las otras, ya que a veces los autores ofrecen correlaciones de diversas variables pertenecientes a diferentes categorías. La categorización pretende dotar de mayor claridad a la exposición.

Variables predictoras del burnout
Del contexto organizacional
Negativa dinámica del grupo
Inadecuación profesional
Sobrecarga en el trabajo
Poca realización profesional
Negativas interacciones trabajador-cliente
Conflicto de rol
Ambigüedad de rol
Poca o nula participación en la toma de decisiones
Poca o nula recompensa laboral
Falta de apoyo organizacional
Frustración en las expectativas laborales
Negativa relaciones con los compañeros
Rigidez organizacional
Insatisfacción en el trabajo
Adicción al trabajo
Falta de desafíos en el trabajo
Falta de autonomía en el trabajo
Estresores económicos
Disminución del compromiso

Intrapersonales       
Locus de control externo
Indefensión aprendida
Sexo
Demandas emocionales
Estrategias de afrontamiento inadecuadas
Percepción de falta de autoeficacia
Patrón de personalidad tipo A
Frustración de las expectativas personales
Negativo autoconcepto
Disminución del interés social
Carencia de personalidad resistente
Edad

Del contexto ambiental      
Falta de apoyo ambiental
Relaciones interpersonales negativas
Negativa comunicación o ausencia de ella
Actitudes negativas de parientes y amigos
Insatisfacción vital
Exigencias vitales
Problemas familiares
Inadecuados recursos de afrontamiento familiares
Cultura



Autor
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz


Sobre
Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
- Profesor de la Universidad de Murcia (Facultad de Psicolog ía), desde 1994
- Master en RRHH por el Centro de Estudios Financieros (Madrid), desde 1992
- Doctor en Psicología por la Universidad de Murcia en 1999
- Profesor de la Escuela de Policías de la Región de Murcia desde 1999
- Jefe de Formación y Proyectos de Algama Desarrollo Empresarial (Grupo Picking Pack) desde 1997
- Autor de diferentes libros, artículos y participaciones en Congresos nacionales e internacionales.




Nota de la edición del blog:
Por razones de lectura del blog, he reducido a su mínima expresión este importante trabajo, si desean leerlo en forma completa, pueden colocarlo en Google (título y autor), y obtendrán 4 archivos pdf, o bien mandarme un mensaje a achristin@gmail.com, y con gusto se los enviaré.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Definición de burnout.


Si bien se trata de un Síndrome reconocido recientemente, no existe unanimidad al definirlo, lo que habla de la riqueza de las investigaciones y la importancia del tema. Conocer las distintas versiones nos ayudará a conocer más. Si bien existe esta gran diversidad, no es lo mismo a la hora de medirlo.


Uno de los temas fundamentales tratados en el estudio del burnout ha sido su definición, as como diferentes aportaciones conceptuales a la comprensión del burnout que, como ya vimos anteriormente, se ha presentado y se sigue presentando con diferentes obstáculos por la dificultad de conceptualizar un proceso complejo como es este síndrome, así como porque su similitud, cuando no igualdad, con el concepto estrés aplicado a las organizaciones (estrés laboral) ha supuesto cuestionar continuamente el constructo. Starrin, Larsson y Styrborn señalan que un aspecto importante del burnout es que instintivamente todos saben lo que es, aunque la mayor ía puedan ignorar su definición; así el discernimiento en la literatura sobre el síndrome acerca de su definición tiene que ver con la discusión sobre el papel que tiene la sociedad y las condiciones sociales que producen este fenómeno. Estos autores parten de que el burnout afecta de forma individual a una sociedad abstracta. Con un planteamiento más radical Grebert entiende el burnout "como una construcción cultural que permite a los profesionales de la relación de ayuda manifestar cuáles son sus sufrimientos y dificultades", llegando a conceptualizarlo como un planteamiento defensivo de la profesión.

En el inicio Freudenberger describe el burnout como una "sensación de fracaso y una existencia agotada o gastada que resultaba de una sobrecarga por exigencias de energías recursos personales o fuerza espiritual del trabajador", que situaban las emociones y sentimientos negativos producidos por el burnout en el contexto laboral, ya que es éste el que puede provocar dichas reacciones. El autor afirmaba que el burnout era el síndrome que ocasionaba la "adicción al trabajo" (entendiéndola, según Machlowitz (1980), como "un estado de total devoción a su ocupación, por lo que su tiempo es dedicado a servir a este propósito"), que provocaba un desequilibrio productivo y, como consecuencia, las reacciones emocionales propias de la estimulación laboral aversiva.

Pines y Kafry definen el burnout "como una experiencia general de agotamiento físico, emocional y actitudinal" que posteriormente tendría un desarrollo más completo y que influiría en los planteamientos teóricos de diversos autores, como veremos. Posteriormente, Dale es uno de los que inician la concepción teórica del burnout entendiéndolo como consecuencia del estrés laboral y con la que mantiene que el síndrome podría variar en relaci ón a la intensidad y duración del mismo. Freudenberger  aporta otros términos a la definición, así ya habla de un "vaciamiento de sí mismo" que viene provocado por el agotamiento de los recursos físicos y mentales tras el esfuerzo excesivo por alcanzar una determinada expectativa no realista que, o bien ha sido impuesta por él, o bien por los valores propios de la sociedad. El trabajo como detonante fundamental del burnout va a ser básico en todas las definiciones posteriores. Cherniss es uno de los primeros autores que enfatiza la importancia del trabajo, como antecedente, en la aparición del burnout y lo define como "cambios personales negativos que ocurren a lo largo del tiempo en trabajadores con trabajos frustrantes o con excesivas demandas". El mismo autor precisa que es un proceso transaccional de estrés y tensión en el trabajo, tensión en el trabajo y acomodamiento psicológico, destacando tres momentos:
·      Desequilibrio entre demandas en el trabajo y recursos individuales (estrés).
·      Respuesta emocional a corto plazo, ante el anterior desequilibrio, caracterizada por ansiedad, tensión, fatiga y agotamiento (tensión)
·      Cambios en actitudes y conductas (afrontamiento defensivo).

Con esta conceptualización, el autor ser á uno de los defensores iniciales de la importancia de las estrategias de afrontamiento como mediadoras en el proceso que conduce al trastorno.

Otros autores que aportan una definición de burnout en esta misma línea son Edelwich y Brodsky (1980), que lo definen "como una pérdida progresiva del idealismo, energía y motivos vividos por la gente en las profesiones de ayuda, como resultado de las condiciones del trabajo" Proponen cuatro fases por las cuales pasa todo individuo con burnout:
1.-Entusiasmo, caracterizado por elevadas aspiraciones, energía desbordante y carencia de la noción de peligro.
2.-Estancamiento, que surge tras no cumplirse las expectativas originales, empezando a aparecer la frustración.
3.-Frustración, en la que comienzan a surgir problemas emocionales, físicos y conductuales. Esta fase sería el núcleo central del síndrome.
4.-Apatía, que sufre el individuo y que constituye el mecanismo de defensa ante la frustración.

En esta misma época, Gillespie intentando resolver la ambigüedad definicional, que según el autor existe, clasifica al burnout según dos tipos claramente diferenciados: burnout activo, que se caracterizaría por el mantenimiento de una conducta asertiva, y burnout pasivo en el que predominarían los sentimientos de retirada y apatía. El activo tendría que ver, fundamentalmente, con factores organizacionales o elementos externos a la profesión, mientras que el pasivo se relacionar ía con factores internos psicosociales. El autor abre, de esta forma, la posibilidad de la existencia de varias manifestaciones del burnout que, posteriormente, otros autores retomarían para intentar explicar la complejidad del síndrome.

En 1981, Maslach y Jackson entienden que el burnout se configura como "un síndrome tridimensional caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y reducida realización personal". Siguiendo a Sarros, podemos entender las tres dimensiones citadas de la siguiente manera

*          Agotamiento emocional: haría referencia a las sensaciones de sobreesfuerzo físico y hastío emocional que se produce como consecuencia de las continuas interacciones que los trabajadores deben mantener entre ellos, así como con los clientes
*          Despersonalización: supondría el desarrollo de actitudes y respuestas cínicas hacia las personas a quienes los trabajadores prestan sus servicios
*          Reducida realización personal: conllevaría la pérdida de confianza en la realización personal y la presencia de un negativo autoconcepto como resultado, muchas veces inadvertido, de las situaciones ingratas

Esta definición, que no se aparta de la asunción de las variables del trabajo como condicionantes últimos de la aparición del burnout, tiene la importancia de no ser teórica, sino la consecuencia empírica del estudio que las autoras habían ido desarrollando (Maslach y Jackson).

En el mismo periodo de tiempo, Pines, Aronson y Kafry (1981) definen el burnout como "un estado de agotamiento físico, emocional y mental causado por estar implicada la persona durante largos periodos de tiempo en situaciones que le afectan emocionalmente". Esta definición, que también tiene un soporte empírico dará lugar, al igual que en el caso de Maslach y Jackson (1981), a un inventario para la evaluación del síndrome, aunque presenta la ventaja de no circunscribir exclusivamente el burnout en el contexto organizacional. Introducen el término "tedium" para diferenciar dos estados psicológicos de presión diferentes. Para ellos burnout sería resultado de la repetición de la presión emocional, mientras que tedium sería consecuencia de una presión crónica a nivel físico, emocional y mental. El constructo tedium, por tanto, sería más amplio que el de burnout. En concreto, Pines y Kafry (1978) habían planteado que el tedium "se caracteriza por sentimientos de depresión, vaciamiento emocional y físico y una actitud negativa hacia la vida, el ambiente y hacia sí mismo, y ocurriría como resultado de un evento vital traumático súbito y abrupto, o como resultado de un proceso lento y gradual diario de "machaque". Como puede comprobarse el tedium no sólo es un constructo más amplio, sino que además trasciende al ámbito organizacional y permite la posibilidad de aparición del síndrome ante cualquier evento o proceso suficientemente aversivo que cumpla la anterior caracterización.

De otra parte, burnout, según estos mismos autores, sería el síndrome que padecerían los profesionales de los trabajos relacionados con servicios humanos, mientras que tedium quedaría para describir a las demás profesiones (si nos centramos en el contexto organizacional). La relevancia de esta diferenciación radica en que es la primera vez que el burnout no se circunscribe a unos determinados trabajos, sino que se amplía aunque, como indican Maslach y Jackson (1984), las profesiones de "ayuda humana" han sido el origen del estudio acerca del burnout y, por tanto, las que más investigaciones han generado y donde m ás resultados se han ofrecido para la explicación del síndrome. A pesar de todo el desarrollo teórico, Pines et al (1981), Burke y Richardsen (1991) no aprecian la diferenciación entre burnout y tedium, ya que para estos autores ambos conceptos son idénticos en términos de definición y sintomatología.

A partir de estas dos definiciones no surgen ya prácticamente conceptualizaciones teóricas originales del burnout, pasándose a un intento de comprensión del síndrome mediante los resultados obtenidos en diversas investigaciones, que posteriormente describiremos. Parece que se admite fundamentalmente la definición de Maslach y Jackson (1981), no habiendo tenido tanta repercusión la de Pines et al (1981). Por tanto, las siguientes definiciones que se aportan suelen girar en torno a la ofrecida por las autoras, y la asunción de la relación estrecha entre estrés ocupacional y burnout es aceptada casi un ánimemente. Emener, Luck y Gohs (1982) indican que todas las definiciones que se habían aportado de burnout hasta ese momento lo que hacían era describir el "síndrome del carbonizado", como ellos denominan a los individuos que padecen este problema. De ahí, que en la actualidad una traducción libre de burnout sea la de "quemado", cuando realmente lo que se está reflejando es una situación cualitativamente más grave ("carbonizado"). Estos mismos autores plantean que burnout tal vez pueda ser descrito como el estado mental y físico resultante de los efectos de debilitamiento experimentados por sensaciones negativas prolongadas, relacionadas con el trabajo y el valor que le merece al empleado el "cara a cara" del trabajo y de los compañeros.

Posteriormente, Martin (1982) sugiere que "el burnout refleja una respuesta al estrés y secundariamente a la depresión como síndrome específico", abriendo la reflexión sobre la íntima relación que puede existir entre burnout y depresión, lo que supone un nuevo problema conceptual puesto que ya no es sólo la similitud entre los constructos burnout y estrés, sino también con depresión.

Perlman y Hartman (1982), compilando las diversas conceptualizaciones utilizadas hasta ese año para definir burnout, encuentra los siguientes tópicos: fracasar y estar agotado, respuesta a un estrés crónico, y síndrome con actitudes inapropiadas hacia los clientes y hacia sí mismo, asociado con síntomas físicos y emocionales, todo ello provocado por una estimulación negativa del trabajo y la organización hacia la persona que desempeña su labor profesional. Este planteamiento se va a acentuar posteriormente. Cunningham (1983) reitera la misma definición que Pines et al (1981), encabezando una serie de autores que se inclinarían más hacia esta acepción del burnout, frente a los que se decantan por la definición de Maslach y Jackson (1981). A pesar de que hasta ese momento parecen existir líneas de definición aceptables, Smith y Nelson (1983b) concluyen que "obviamente no es posible ofrecer una definición concisa del fenómeno", en clara referencia a la complejidad del constructo que se intenta conceptualizar. Elliot y Smith (1984), partiendo de que el burnout podría ser un rasgo de personalidad, entienden que en el proceso del síndrome hay que buscar el equilibrio que se ha perdido, planteando que puesto que la recognición del cambio es la fórmula para afrontar el burnout, habrá que partir de la siguiente ecuación:

Susceptibilidad Individual + Sobrecarga = Burnout.

Se puede apreciar que no se alejan de las proposiciones de otros autores sino que pero intentan operativizarlas. Farber (1984) define el burnout como "manifestaciones conductuales de agotamiento emocional y físico derivadas de eventos situacionales estresantes por no encontrar las estrategias de afrontamiento efectivas", continuando con los planteamientos establecidos hasta ese momento, pero añadiendo un aspecto importante para la comprensión del síndrome: las estrategias de afrontamiento inadecuadas actuar ían como mediadoras entre los eventos estresantes y las manifestaciones de agotamiento emocional y físico

Haciendo especial hincapié en los trabajos de "servicios humanos", Shinn, Rosario, March y Chestnust (1984) entienden el burnout como "tensión psicológica resultante del estrés en el trabajo de servicios humanos", asentándose cada vez más el estrés laboral como antecedente necesario para la aparición del síndrome. Desde este mismo planteamiento, Nagy señala que el burnout "describe un gran número de manifestaciones psicológicas y físicas evidenciadas en trabajadores empleados en profesiones consideradas de interacción humana", añadiendo que burnout y estrés podrían ser conceptos similares y que burnout sería un tipo específico de estrés. Grantham (1985), desde una perspectiva puramente psiquiátrica, entiende que los factores estresantes del burnout no son siempre claramente identificables; sí, en cambio, los relacionados con problemas de personalidad, depresión y ansiedad. Partiendo de estas premisas, plantea la siguiente categoría diagnóstica del burnout:
-Eliminar la presencia de una identidad biológica.
-Eliminar la posible existencia de otro síndrome psicopatológico.
-Reconceptualizar el síndrome como una entidad englobada en "problemas de adaptación".
Para el autor, por tanto, el burnout es un síndrome de adaptación que tendría unas características que lo diferenciaría de otros síndromes.

Walker (1986), que había señalado que el burnout "se caracteriza por la existencia de determinadas respuestas a un prolongado, inevitable y excesivo estrés en situaciones de trabajo", dejaba abierta la posibilidad de que el síndrome pueda ser experimentado por cualquier trabajador, independientemente de su contexto laboral específico. Por último, Kyriacou (1987) retoma la definición de Pines et al y defiende que es la mejor concepción de síndrome para su aceptable comprensión.

Cuando parece que la definición de burnout se va perfilando, Garden (1987) expone la idea de que una definición de burnout es prematura pues existe ambigüedad en la realidad del síndrome que la investigación conocida hasta el momento no ha permitido aclarar. Un año antes, Smith, Watstein y Wuehler, concluían que el burnout describía un sutil patrón de síntomas conductas y actitudes que es único para cada persona, haciendo muy difícil que se pueda aceptar una definición global del síndrome.

Poco después Shirom (1989), que es más optimista que los autores anteriores ante e constructo, plantea que "el burnout es consecuencia de la disfunción de los esfuerzos de afrontamiento, con lo que al descender los recursos personales aumenta el síndrome" retomando la variable afrontamiento como determinante en la comprensión del burnout.

Hiscott y Connop vuelven a la línea clásica en cuanto a la definición del burnout y lo entienden como "un indicador de problemas de estrés relacionados con el trabajo". De hecho, a partir de finales de la década de los ochenta es cuando la definición de Maslach y Jackson reaparece con mucha más fuerza. Por otra parte, el estrés ocupacional adquiere el papel fundamental que en los años ochenta ya se había manifestado. Así, Greenglass, Burke y Ondrack, tras diferenciar estrés vital (concepto general que se refiere al estrés acumulado por los cambios vitales en el hogar y/o en el trabajo) y estrés laboral (que se refiere al estrés específico generado en el trabajo o por los factores relacionados con el mismo), encuadra el burnout en este último.

Sin embargo, Starrin, Larsson y Styrborn matizan que mientras el estrés puede ser experimentado positiva o negativamente por el individuo, el burnout es un fenómeno exclusivamente negativo. De ah í que algunos autores planteen la relación entre ambos constructos en el sentido de que el burnout podr ía ser similar a un estrés negativo. Oliver, Pastor, Aragoneses y Moreno igualan burnout a estrés laboral asistencial, volviendo estos autores a circunscribirse en profesiones con determinadas interacciones humanas. También García Izquierdo señala el burnout como característico de profesiones de "servicios humanos", y lo entiende como consecuencia de un prolongado y creciente estrés laboral y, por tanto, sería equiparable a la tensión que un individuo siente como consecuencia de las demandas físicas y psicológicas que el propio puesto de trabajo genera, o como resultado de un desajuste entre el trabajador y su entorno laboral. Moreno, Oliver y Aragoneses lo definen como "un tipo de estrés laboral que se da principalmente en aquellas profesiones que suponen una relación interpersonal intensa con los beneficiarios del propio trabajo".

Muy similar a esta definición encontramos la de Ganster y Schanbroeck (1991): "el burnout es de hecho un tipo de estrés, una respuesta afectiva crónica como consecuencia de condiciones estresantes del trabajo que se dan en profesiones con altos niveles de contacto personal" Esta respuesta podría estar relacionada con las estrategias de afrontamiento de la persona, según Leiter (1991b). El autor considera el burnout como una función del patrón de afrontamiento del individuo, que está condicionado por las demandas organizacionales y los recursos exigidos. El síndrome incluiría una interacción compleja de factores cognitivos con respecto a las atribuciones causales concernientes al trabajo y a las aspiraciones de progreso profesional. En esta misma línea, Kushnir y Melamed lo definen como "el vaciamiento crónico de los recursos de afrontamiento, como consecuencia de la prolongada exposición a las demandas de cargas emocionales", con lo que se va asentando una corriente de estudios que enlazan burnout y estrategias de afrontamiento que, como vimos, ya había presentado antecedentes investigadores. De hecho, Wallace y Brinkerhoff señalan que paradójicamente la despersonalización, como dimensión del burnout, sería propiamente una estrategia de afrontamiento conducente a combatir el síndrome, abriendo aún más la necesidad de una línea de investigación en este sentido.

Tras la anterior unanimidad en la concepción del burnout, la mayoría de autores utilizan el Maslach Burnout Inventory como instrumento de medida del burnout para sustentar sus diversos resultados, y donde la definición de estas autoras está implícita, cuando no es claramente explícita, en los diversos trabajos de investigación que se están desarrollando. Sin embargo Burke y Richardsen, como ya hiciera Garden, plantean que no existe acuerdo en la definición de burnout a la que llegan los distintos autores que están investigando el síndrome y que, por tanto, se necesitan más trabajos de investigación que ayuden a una mejor comprensión de este fenómeno.

García Izquierdo y Velandrino, que un año antes había dado su propia definición, plantean ahora que "tras casi 20 años desde la aparición del término burnout no hay una definición unánimemente aceptada". De hecho, Grebert incide en que la descripción sintomática del síndrome varía según los autores que lo estudian. Leiter distancia el burnout del estrés laboral y lo define "como una crisis de autoeficacia". Nagy y Nagy señalan, por otra parte, que el concepto burnout se ha convertido en un "llamativo descriptor del estrés laboral", señalando que se ha popularizado tanto que quizás se ha perdido el origen del mismo. Moreno y Oliver retoman la relevancia del afrontamiento e indican que el burnout "sería la consecuencia de un afrontamiento incorrecto de trabajo de asistencia y de las preocupaciones ligadas a él".

Castellón, Albadalejo y García Izquierdo plantean la concepción del burnout centrada exclusivamente en el agotamiento emocional. Por último, Ayuso y López, siguiendo la definición de Pines et al, definen el burnout como "un estado de debilitamiento psicológico causado por circunstancias relativas a las actividades profesionales que ocasionan síntomas físicos, afectivos y cognitivo -afectivos", precisando que "e síndrome de desgaste sería una adaptación a la pérdida progresiva del idealismo, objetivos y energías de las personas que trabajan en servicios de ayuda humana, debido a la difícil realidad del trabajo", concepción que deducen de la definición de Edelwich y Brodsky.

En suma, del recorrido realizado hasta aquí podemos consensuar varios aspectos que nos ayudan a delimitar el concepto de burnout y, por tanto, a comprenderlo mejor

-Parece claro que el burnout será consecuencia de eventos estresantes que disponen al individuo a padecerlo. Estos eventos serán de carácter laboral, fundamentalmente, ya que la interacción que el individuo mantiene con los diversos condicionantes del trabajo son la clave para la aparición del burnout

-Es necesaria la presencia de unas "interacciones humanas" trabajador-cliente, intensas y/o duraderas para que el síndrome aparezca. En este sentido, se conceptualiza el burnout como un proceso continuo que va surgiendo de una manera paulatina y que se va "instaurando" en el individuo hasta provocar en éste los sentimientos propios del síndrome.

-No hay acuerdo un ánime en igualar los términos burnout y estrés laboral, pero sí cierto consenso en asumir la similitud de ambos conceptos; sin embargo, definiciones como la de Freudenberger, Maslach y Jackson o Pines, Aronson y Kafry parecen indicar que existen matices que les hace difícilmente iguales. De hecho, recientemente Singh, Goolsby y Rhoads concluían que burnout y estrés laborales son constructor claramente diferentes.

-Tras la definición de Freudenberger, en la que planteaba una "existencia gastada", y tras las aportaciones de Maslach y Jackson con la tridimensionalidad del síndrome: agotamiento emocional, despersonalización y reducida realización personal, o las que hacen Pines et al con el triple agotamiento: emocional, mental y físico, pocas han sido las aportaciones originales a la definición del burnout, girando todas las aportadas sobre estas tres, incluyendo matices propios del contexto en el que se iban desarrollando las investigaciones y no alterando sustancialmente las originales.

-Por último, aunque algunos autores han señalado la falta de consenso a la hora de dar una definición de burnout, el hecho de que el Maslach Burnout Inventory, planteamiento empírico que justifica la definición de Maslach y Jackson, haya sido utilizado de forma casi unánime por los distintos autores para la realización de sus investigaciones, como veremos en un capítulo posterior, nos hace pensar que sí existe cierto consenso en afirmar que la conceptualización más aceptada de burnout es la que ofrecen estas autoras.


Extraído de:
TESIS SOBRE EL BURNOUT
Por: Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
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